Desde hace años quería escribir sobre esta canción. ‘Tiempos idos’ siempre ha tenido para mí una fuerza especial: me remonta a los encuentros con mis amigos en aquellas parrandas memorables, cuando el alma se abría entre versos, guitarras y recuerdos compartidos. Hoy, cuando las nuevas generaciones de compositores e intérpretes vallenatos parecen haberse alejado de la poesía y la narración —esa raíz del sentimiento que dio origen al folclor—, volver a esta obra de Alfonso “Poncho” Cotes Queruz es un acto de resistencia poética, un regreso a la esencia.
Desde las primeras notas uno siente que no es un merengue vallenato más: es un espejo del alma que refleja los surcos del tiempo, los amores que se van, las parrandas compartidas y los paisajes humanos que solo el corazón reconoce. Esta canción, compuesta por Cotes Queruz, ha sido interpretada por muchos, pero pocas veces se ha valorado con justicia el contenido literario y emocional que encierra su letra y la figura de su autor como pilar del folclor.
Alfonso Cotes Queruz, nacido en Chimichagua a comienzos del siglo XX, no fue un músico aislado, sino uno de los juglares intelectuales más significativos del vallenato. Educador, lector de poesía y amigo entrañable de figuras como Rafael Escalona, Andrés Becerra y Alfonso Murgas —éste último mecenas de los músicos de su tiempo—, Cotes cultivó la riqueza del verso, la narrativa del campo y la fraternidad de las parrandas que marcaron épocas de la música tradicional. Su legado fue tan profundo que no solo dejó canciones queridas, sino una estirpe artística continuada por su hijo ‘Poncho’ Cotes Jr., (q.e.p.d.), quien interpretó ‘Tiempos idos’ con una sensibilidad única.
‘Tiempos idos’ no se conforma con rescatar nostalgias superficiales; enmarca una historia humana, casi universal. Desde el inicio la canción invita a caminar por los senderos de la memoria, a evocar viejos amigos, amistades selladas en el tiempo que se han desvanecido pero que siguen resonando como acordes en la brisa. Cada verso parece surgido de una tertulia íntima, como aquellas que tuve la oportunidad de compartir con ‘Rafa’ Celedón, Alex Indaburo y Eduber Hernández en mi Maicao querido, al filo de la medianoche, escuchando un acordeón hasta que llegaba la madrugada.
La canción honra la amistad como un bien supremo, quizá el más valioso en la vida de cualquier soñador. Cotes no se queda en la queja amarga de los recuerdos; los convierte en homenaje, en celebración de palabras compartidas, de risas y penas contadas bajo la luna. Evoca lugares y nombres de sus hijos, como cuando canta:
“Manaure es el sitio de mayor recordación, allí entre cantos y amor nacieron los tres monitos, Fausto, Sarita y Sofía…”
Esa imagen de un pueblo que vibra entre cantos, amores y memorias reafirma que el vallenato no solo cuenta historias: la siembra en el alma colectiva. Este es, entonces, un canto que se lee como una carta abierta al alma de quienes no están, pero que siguen latiendo en nosotros como si nunca se hubieran ido.
Y entonces, en el clímax de la letra, emerge la figura de la mujer —esa presencia que todos hemos sentido alguna vez como bálsamo de heridas—. Cuando el narrador dice que una “mujer querida se asomó por el camino” y que con ella morirá y espera que sea ella quien cierre sus ojos, el sentido del amor se transforma: ya no es el amor juvenil, sino uno profundo, arraigado en la comprensión y el reconocimiento de que somos mortales. Ese amor se eleva como una plegaria, como un abrazo final que acuna los últimos instantes de la existencia con ternura y plenitud.
Es aquí donde la canción trasciende el vallenato de parranda para convertirse en una meditación sobre la vida misma: la necesidad de ser amado hasta el final, el deseo de que alguien nos acompañe no solo en las glorias de los éxitos y la amistad, sino en el silencio definitivo del adiós. Esa mujer querida no es figura etérea; es la compañera del alma, la que da sentido a los tiempos idos, la que hace que la nostalgia valga la pena.
Ese último verso no fue incluido en la versión popularizada por Los Hermanos Zuleta, pero son su hijo ‘Poncho’ Cotes Jr., y el Trio de Oro de los hermanos Moya, quienes le dan el valor en una interpretación más cercana al espíritu original de su autor, donde se percibe una sinceridad que parece brotar desde las calles de los pueblos de la provincia de Padilla o de los valles del Cacique Upar.
Más allá de su letra, la canción revela el alma de su autor. No era un compositor aislado, sino un conocedor de la literatura, la gramática y la retórica: un alma sensible que supo dar voz a lo que pocos se atrevían a expresar en el folclor, según lo dicho por el escritor e investigador Juan Celedón, en su libro ‘Tiempos Idos’. Dicen quienes lo conocieron que su vida fue una conversación constante con la palabra y la música, que hizo de cada verso un puente entre el corazón y la memoria.
En un tiempo en que se celebra la música vallenata por su ritmo y su impronta festiva, quizás hemos olvidado mirar ‘Tiempos idos’ con la profundidad que merece. Esta canción es un recordatorio de que la literatura también puede nacer en un merengue, de que los grandes temas —la amistad, el amor, la mortalidad— no le son ajenos a nuestra música.
Alfonso “Poncho” Cotes Queruz merece más que una mención en los libros de historia del vallenato: merece un lugar central como uno de sus humanistas poéticos. Y ‘Tiempos idos’ merece ser leída no solo como una canción para tararear, sino como un testamento afectivo de todo lo que somos cuando miramos atrás, cuando recordamos, cuando amamos y cuando, finalmente, deseamos que alguien querido cierre nuestros ojos con ternura.








