La noticia llegó como un baldado de agua fría: el Gobierno de Estados Unidos decidió descertificar a Colombia en la lucha contra el narcotráfico, como si fuéramos un estudiante flojo que no entregó la tarea a tiempo. Y uno se pregunta, con el eco del poema de Sor Juana Inés de la Cruz, la escritora mexicana del siglo XVII: ¿Quién es más pecador, el que peca por la paga o el que paga por pecar?
Porque las cifras no mienten. En el 2023 Colombia incautó 746 toneladas de cocaína; en 2024 rompimos el récord con 889 toneladas decomisadas; y este año, sin haberse acabado, ya vamos en más de 700 toneladas, un 20 % más que en el mismo periodo del año pasado. Se han destruido más de 5.000 laboratorios, inmovilizados más de 500 aeronaves, decomisadas casi 300 embarcaciones, y ocupados bienes por más de 2,3 billones de pesos. Detrás de esos números hay también tragedia: solo en 2024 murieron más de 100 uniformados de la Fuerza Pública en operativos contra el narcotráfico. ¿No cuentan esas vidas cuando Washington pasa su dedo acusador?
Pero parece que no basta. El discurso de Estados Unidos insiste en que los cultivos de coca aumentan, que no cumplimos las metas de erradicación. Y sí, es cierto: la hoja de coca sigue creciendo con más de 253.000 hectáreas sembradas en 2023. Pero ahí es donde la historia se pone más compleja. ¿Por qué los campesinos vuelven a sembrar coca? Porque no tienen vías para sacar el plátano o la yuca, porque el café no les da, porque la ausencia del Estado en tantas regiones los obliga a jugársela con lo único que les garantiza el mercado: la coca. Y si no hay alternativas reales, la erradicación se convierte en un cuento de nunca acabar.
Ahora bien, ¿por qué existe esa demanda tan gigantesca que hace rentable cada hectárea de coca sembrada en Putumayo, Catatumbo u otros lugares del país? Según datos oficiales, en Estados Unidos hay más de 6,5 millones de consumidores de cocaína, el mayor mercado del mundo. En Europa, el consumo aumentó un 80 % entre 2011 y 2022, con más de 5,7 millones de consumidores. Es decir, mientras en Colombia contamos toneladas incautadas y muertos en combate, al otro lado del Atlántico y en el mismo Estados Unidos la demanda no para de crecer. ¿Y quién asume la culpa por ese fracaso? Nadie. Allá se ponen la mano en el pecho y dicen que apoyan la lucha contra las drogas entregando unos 450 millones de dólares al año en cooperación, pero con eso pareciera que también nos entregan toda la responsabilidad. Como si la guerra contra las drogas fuera solo de Colombia, Bolivia o Perú, y no de quienes consumen la mercancía.
Por eso el presidente Petro, desde su primer discurso en la ONU, dijo lo que pocos se atreven a decir: que la estrategia lanzada hace medio siglo por Richard Nixon había fracasado. Que el mayor esfuerzo lo ponen los países productores y el mayor beneficio lo tienen los países consumidores. Y que, sin cambiar el enfoque, seguiremos atrapados en esta espiral de muertos, selvas arrasadas y cifras récord que nunca alcanzan.
La descertificación de Estados Unidos es un golpe político, sí, pero también es una muestra de hipocresía. Porque mientras se exigen más y más resultados a Colombia, no se reconoce que el verdadero motor del narcotráfico está en Nueva York, en Madrid, en Berlín, en Miami. Allá donde los jóvenes siguen consumiendo como si no existiera un costo humano detrás de cada gramo. Allá donde no se logra reducir el consumo a pesar de campañas, de policías, de muertos en Colombia. Es el fracaso de Occidente en combatir su propia adicción, disfrazado ahora como el fracaso de Colombia.
Volvemos entonces a Sor Juana: ¿quién es más pecador? ¿El que peca por la paga, es decir, los narcos que aquí cultivan, procesan y exportan? ¿O el que paga por pecar, es decir, los consumidores de allá que sostienen este negocio multimillonario? La respuesta parece obvia, pero el dedo sigue señalando al mismo sitio, al campesino que siembra, al policía que muere, al Estado que se desangra.
La costa Caribe y la del Pacifico lo saben bien: los puertos, las trochas, los mares han sido testigos de cómo este negocio maldito se reinventa cada vez que se le corta una cabeza. Y también sabemos que mientras exista un mercado insaciable, siempre habrá alguien dispuesto a sembrar, traficar y arriesgar la vida. La pregunta es si algún día los que pagan por pecar asumirán su parte de responsabilidad.
Hasta que eso no ocurra, seguiremos atrapados en esta paradoja absurda: Colombia batiendo récords de incautaciones y contando muertos, mientras Estados Unidos y Europa señalan con el dedo, aun cuando sus calles siguen siendo el verdadero destino de la cocaína. Es entonces cuando la pregunta de Sor Juana se convierte en un espejo incómodo para el mundo, y la advertencia de Jesús en los evangelios resuena con fuerza entre los países consumidores: “Quien esté libre de pecado, que lance la primera piedra”.








