Echarle la culpa a otro es una de las tantas formas que tenemos de aliviar la angustia en momentos de crisis o agobio. Los misterios de nuestra cognición…
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Echarle la culpa a otro es una de las tantas formas que tenemos de aliviar la angustia en momentos de crisis o agobio. Los misterios de nuestra cognición y la maraña de nuestros atajos mentales hacen que, más veces de las que reconocemos, muchos prefieran anestesiarse con explicaciones inmediatas, de fácil digestión, de esas que se tienen a mano o que más se escuchan y que responsabilizan al otro. En estos tiempos, el teléfono inteligente se ha convertido en la coartada perfecta para buena parte de nuestros males contemporáneos.
Recientemente se conocieron los resultados de Pisa, la evaluación internacional de la Ocde —organismo que reúne a países para promover políticas de bienestar económico y social—. La prueba evalúa a estudiantes de 15 años en más de 80 países para establecer qué tan preparados están para resolver problemas de la vida real al terminar su educación básica obligatoria. Lo verdaderamente alarmante de los resultados no fue solo el bajo desempeño general, sino sobre todo la marcada tendencia a la baja en lectura, matemáticas y ciencias, un deterioro progresivo del cual Colombia, una vez más, no logró salvarse. No tardaron en aparecer los sospechosos de siempre: autoridades, profesores e incluso padres de familia, indignados ante las cifras, parecen haber encontrado ya al único culpable. Y argumentos no les faltan: el estudio señala que uno de cada tres estudiantes se distrae con el teléfono en clase y que, en nuestro país, los jóvenes dedican más de una hora diaria del colegio a redes sociales o videojuegos. La conclusión fácil parece inevitable: el celular los está embruteciendo.
Pero la realidad es bastante más compleja y exigente. Decir que el celular no afecta sería taparse los ojos, pero creer que el aparato es el único responsable resulta ingenuo. Quienes consideramos que el problema no es la existencia de la pantalla en sí misma, sino el uso desmedido que le damos y la incapacidad para gestionar la atención, sostenemos que señalar únicamente al teléfono oculta causas que pueden ser incluso más importantes. Si a nosotros nos costaba trabajo soltar el televisor, la casetera o la tabla de parqués, ¿con qué cara pretendemos que los adolescentes la tengan fácil frente a un dispositivo infinitamente más sofisticado, diseñado por algoritmos para disputarse su atención a cada segundo? Sin embargo, achacarle toda la crisis a TikTok es una pirueta para ignorar nuestra propia historia: en Colombia llevamos dos décadas estancados en los mismos puestos de abajo, desde 2006, mucho antes de que el primer BlackBerry entrara a un salón de clases. Poner la culpa en el teléfono evita discutir problemas de fondo: la calidad de la enseñanza, la brecha entre el colegio urbano y el rural, o el abandono de la lectura compleja en papel.
Por eso hay que cuidarse de dos trampas: pensar que el celular es inofensivo, neutro, o tratarlo como un demonio que nos domina sin remedio. Cuando las Secretarías de Educación reaccionan prohibiendo el celular en los colegios —incluso en los recreos—, atacan la fiebre y no la infección. Prohibir el dispositivo en el aula disminuye la distracción en clase (un 33% según el reporte), pero no resuelve el hábito, solo traslada el problema a las casas.
Ahí es donde el asunto se vuelve incómodo, porque Pisa muestra que por encima de la restricción, lo que de verdad cambia las cosas es el acompañamiento y el ejemplo en el hogar. La evaluación muestra que cuando los adultos conversamos y estamos pendientes de los jóvenes se logran hasta dos años de ventaja escolar, pero también revela que el diálogo diario sobre la escuela cayó del 67% al 53%. ¿Con qué autoridad exigimos moderación si la hiperconectividad adulta es común? Basta con asomarse a una oficina, a la mesa de un restaurante o a una reunión familiar para ver a los adultos con la mirada clavada en la pantalla. Estamos en un punto en el que no nos escandaliza que alguien nos hable de frente mientras chatea con otro, pero interpretamos que demorar una respuesta en WhatsApp es una falta de respeto, de afecto o incluso de amor. Olvidamos que la mensajería es una herramienta asíncrona pensada para responder cuando se pueda o se quiera, pues si algo fuera verdaderamente urgente se resolvería con una llamada. Diversos reportes de prensa sobre hábitos digitales revelan que cerca del 78% de los adultos en Colombia admite dependencia al celular y lo primero que hace al despertar es mirar la pantalla, mientras que más del 50% consume activamente vídeos cortos y pasa más de tres horas diarias en redes.
Promovemos el discurso de la disciplina, pero educar exige dar ejemplo. Pisa señala que las mejores notas las sacan quienes leen libros por placer, no los nativos digitales más rápidos. ¿Pero cuántos libros leemos al año los adultos que hoy nos escandalizamos por las notas de los jóvenes? ¿De verdad creemos que nuestro propio pensamiento crítico sigue intacto mientras pasamos horas atrapados en el desplazamiento infinito de las redes o delegando nuestras ideas a ChatGPT? ¿Con qué autoridad moral pretendemos salvar a los adolescentes del ‘embrutecimiento’ digital si los adultos fuimos los primeros en entregar el juicio, la lectura y la atención ante la pantalla?