En los primeros tiempos de América, los funerales en casa eran la práctica común en todas partes, y cada comunidad tenía un grupo de mujeres que acudían a ayudar con el arreglo del difunto. El pésame se daba en el salón delantero, con un altar en la sala, con una sábana blanca, una cruz, velas, una cinta morada, cuadros o imágenes de santos y flores, con el ataúd y personas sentadas a su alrededor son el más vivo retrato de un velorio. Eran nueve días, o noches, contados a partir del día del sepelio, en los que la casa del difunto permanecía con las puertas abiertas, las coronas fúnebres no eran más que un manojo de flores de coral rojo, que se encontraban en los patios de las casas, seguida de una procesión a la iglesia y al cementerio, con cura a bordo.
El velorio murió en la provincia y en los pueblos ya les hicieron las 9 noches, en las ciudades ni se diga; poco queda de esas tradiciones en las que vecinos acompañaban a velar al difunto, de los rezos, los chistes de los adultos y de levantar la tumba, cuando acababa el novenario, se dice que en estos tiempos la gente es más moderada para llorar a sus muertos, cuando los difuntos tenían familiares que vivían lejos de la casa y les avisaban, las mujeres se cerraban de negro, caminaban tranquilitas, y en una esquina antes de llegar era que reventaban en llanto.
Como si hicieran parte de una novela de Corín Tellado, algunos comportamientos muy puntuales parecían repetirse en diferentes velorios; no faltaba historias o anécdotas del difunto contadas por la esposa que lloraba, o el llanto repentino desde un rincón de un familiar, muchas veces sin lágrimas, cuando una nueva persona llegaba a dar condolencias, tampoco faltaba la desmayada, el vecino que estaba pendiente de quién lloraba o no, o el que se preguntaba si a aquel familiar le habían dado un Valium porque no lo veían llorar triste y desconsolado.
La tradición de los velorios en casa se ha perdido principalmente debido a la proliferación de servicios funerarios modernos, la conveniencia de las funerarias y el cambio en las normas sociales. Las funerarias ofrecen comodidad, se encargan de los trámites burocráticos y logísticos, y proporcionan espacios adecuados para el velorio. Las influencias externas y la urbanización también han contribuido a este cambio, aunque la pandemia de Covid-19 ha generado un nuevo debate sobre la viabilidad y el deseo de volver a esta práctica tradicional, especialmente por razones económicas o emocionales.
La llegada de las funerarias, como un discurso de modernidad, se han instaurado en las ciudades y municipios, en cualquier pueblo hay una funeraria y los pueblos que en estos momentos están llenos de supermercados y tiendas de superficie, que aunque no haya siquiera buenos servicios públicos ni oportunidades de empleo, se busca para pagar el servicio funerario, a raíz de eso la vida y las tradiciones de nuestros pueblos han cambiado.
El aparecimiento por facilidad de las afiliaciones a servicios funerarios, han tenido aceptación ya que la situación económica en muchas familias ha incidido en que estas tradiciones desaparezcan, muchas familias no tienen para sostener nueve noches de velorio, porque siempre hay que gastar; también hay que tener en cuenta es que anteriormente la gente era más que todo católica, hoy hay libertad religiones.
La modernidad no elimina el velorio tradicional, sino que lo transforma y coexiste con él, generando nuevas formas de despedida que se adaptan a los cambios sociales, religiosos y tecnológicos. Esto se manifiesta en velorios más secularizados, personalizados y a menudo más cortos, que pueden ocurrir en diversos espacios además de los hogares, como las modernas funerarias; hay que recordar siempre que lo que una vez hizo parte del cúmulo de tradiciones, frente a lo único que tenemos seguro en la vida es la muerte.








