“A las cuatro de la mañana, al amanecer el día, me salió un aparato y uy uy uy mamita mía, ese aparato tenía cuatro cuernos afilados, tenía candela en la boca y tenía tremendo rabo”.
Imposible iniciar nuestra crónica sin recordar la primera de las dos canciones que Osvaldo Rojano grabó con el título de ‘El aparato’ de la autoría de Edgardo García, la primera con Los Hermanos Sarmiento y la segunda de la autoría de Calixto Ochoa con el acordeón de Virgilio De La Hoz. En esas obras musicales se refieren ambos autores a los aparatos que antes salían en los caminos, los cuales dijo Dagoberto López en ‘Costumbres perdidas’ que ya no salen, pensamos nosotros que temen a la inseguridad, porque ahora a nadie le niegan un tiro, ni a los fantasmas.
Estamos nuevamente en Semana Santa, son días para el reencuentro, para las reminiscencias y para recordar la vida, pasión y muerte de nuestro señor Jesucristo, quien partió de este mundo a su perenne encuentro con Dios como consecuencia de una gran injusticia, y nos pone de presente que es la envidia la manifestación de lo más bajo de la condición humana. El hijo de José y María, como suele suceder en nuestros tiempos, no era bien visto ni entendido en su propia tierra, y así como le sucedió a él, pasa cada rato frente a nuestros ojos. De él se dijo “quién es ese hombre que hasta las aguas le obedecen”, hoy en día preguntan cuando un coterráneo obtiene algún triunfo ¿y este de dónde apareció, él quién se cree?, y lo menos grave que se dice es “ese sí tiene suerte”.
Están presentes en mi mente las noches de cielo estrellado y Luna en Cuarto Menguante cuando en frente de cada casa había un clavo para guindar las lámparas de queroseno con mechas que hacían con fieltro de los sombreros viejos. Era el alumbrado público entonces, porque no teníamos servicio de energía. En la puerta de la casa de Josefa Brito y mi tío ‘Chombo’ Medina todos los muchachos y muchachas nos reuníamos sentados en el suelo a echar cuentos de miedo, algunos que se inventaban allí, otros que se habían escuchado, hablábamos de la crucifixión de Jesús, de lo que los sacerdotes decían, de lo que habíamos leído en la ‘Historia sagrada’ un libro que era obligatorio en nuestros estudios de primaria y que muy bien impactó nuestra primera infancia, todos éramos hermanos, cercanos y todo se compartía.
Los días Jueves y Viernes santos eran esperados por todos con gran alegría porque eran cuarenta y ocho horas grises, el sol parecía entristecido, y en todas las casas se hacían ‘mogomogos’, eran mazamorras de Frijol rojo solo o con guineos manzanos maduros, mazamorra de maduro que la hacían con leche, coco y arroz que era la preferida de mi vieja. Hacían arroz de leche, y dulces de distintos sabores, así como el famoso chiquichiqui, era el maíz tostado y molido hervido con agua o con leche con suficiente pimienta, canela y endulzado con azúcar o con panela, todo para compartir, el cruce de platos, totumas, olletas, olleticas, vasos y cantaritas de un lado para otro hacía parte del paisaje, eran días lentos, y divertidos, la pasábamos comiendo y jugando.
La muchachada que cursaba estudios fuera del pueblo, toda regresaba, inventaban paseos de olla para la quebrada de La Malucia que es la misma Quebrada Moreno, o se iban a los arroyos de ‘La negra’ para disfrutar el descanso en la Escuela Normal de Uribia, del Internado de Aremasain, y las Escuelas Vocacionales Agropecuarias de Fonseca y de Carraipía. Recuerdo que durante una Semana Mayor a escondidas de papá, mi prima Etilvia Medina me enseñó a jugar barajas porque él decía que las barajas y el dominó eran juegos de viciosos, que los muchachos inteligentes no jugaban eso, que aprendiéramos a jugar ajedrez, pero a mí me parecía aburrido, eso solo lo jugaba en la casa mi hermano Amylkar, no sé cómo hacía pero jugaba solo.
Debajo del famoso ‘Palito de Palle’ colocaban una Cucurubaca, mesas de juego de dominó y jugaban también ‘Fierrito’ con Naipes, apostaban plata y se armaban unas griterías entre competidores. Para jugar con la Cucurubaca se usaban dos balines que los traían los ‘Molinos Corona’ que se usaban para moler el maíz todos los días para las arepas porque la Harina Pan no existía, eso se conoció después porque lo traían la hermanas Peralta Rodríguez, Juana Celina Pinto, o Marquesa Medina de Venezuela a donde iban a trabajar; organizaban galleras, eran los líderes Miguel Campo, ‘Palle’ Medina, Bernardo y ‘Bicho’ Deluque. Me gustaba ver los gallos pelear, allí siempre estaban los pasteles de cabeza de puerco que hacían la tía Digna Rodríguez y Adelina Pérez, eso era exquisito, sabían a vinagre criollo.
Durante los que mis abuelos llamaban ‘días de guardar’ se escuchaban historias inverosímiles que parecían reales por la confianza que nos transmitían con su seriedad autodidactas contadores de cuentos, como un señor forastero que había en Monguí. Su nombre era Leonel, -creo que dejó dos hijos con una dama monguiera- él contó en el salón de mi casa que en su pueblo un niño le pegó a su madre un Jueves Santo y la tierra se abrió y se lo tragó, me impactó el tema y mucho más cuando complementó, porque agregó que un espontáneo tratando de salvar al menor de las fauces del suelo que se volvió a cerrar de inmediato, intentó hacer una excavación, y cuando clavó el pico en la tierra para excavar, atinó directo a la cabeza del muchacho y se la dividió en dos, me pareció espantoso, escarmentador y durante la noche no podía dormir pensando en esa vaina y con miedo.







