Dada la superabundancia de criterios que inundan la cultura humana contemporánea, el trato a algunos temas, requiere de malabarismo ideológico para poder abordarlo sin contratiempo. Uno de esos, y espinoso, es el de la figura paterna.
Frente al tema, no se puede acudir a períodos antiguos, como si hubieran sido mejores, pues sería un error garrafal. La figura paterna está en dura y ardua evolución social. Siendo indispensable la consideración sexual del varón, quien es el que engendra y el único que puede aportar el semen, supone además unas características específicas que desarrolla el instinto de paternidad. Tenemos pues dos elementos básicos: el semen y el instinto paterno, propiedades que poseen la mayoría absoluta a quienes reconocemos como “varón”; sabiendo que la expresión “absoluta” encierra en sí misma considerada excepciones a la regla.
Poseer figura paterna y proyectarla es de una gran madurez humana, lo cual supone identificarse, reconocerse a sí mismo como varón y desear, anhelar engendrar un hijo, independientemente de la aceptación de la orientación que otras personas den a su proyección sexual.
La mayoría de Estados han producido una serie de leyes respecto al sexo, que diluyen los argumentos biológicos, los instintos espontáneos (naturales), las consideraciones sociales y las costumbres sexuales de la mayoría de personas humanas, frente a esto, no cabe otra posición real y de convivencia respetuosa, que aceptar el criterio singular de las personas que desean se les tenga en cuenta en las ya numerosas identificaciones sexuales; posición real y de convivencia respetuosa que estas personas deben tener frente al otro conglomerado social.
La figura paterna para darse en plenitud necesita la conjunción de una esposa, de modo que los dos vivan y experimenten la alegría de compartir su vida, sentimientos, juventud, vejez. Que los dos anhelen la llegada de los hijos, que son la expresión viva real, de su generoso y sincero amor; que los dos, una vez nacidos los hijos, desarrollen dentro de sí la riqueza maravillosa de la paternidad y maternidad. En la adolescencia la experiencia del desarrollo sexual acapara la atención del muchacho que necesita de ese desarrollo biológico para dar el paso al descubrimiento del mundo femenino, que lo atraerá y lo envolverá, pues tiene la seguridad que es un bien para él. El enamoramiento será la respuesta más hermosa a su desarrollo. Y la atención a quien despierta esos sentimientos tan agradables del amor, poco a poco conduce al varón al siguiente paso de su madurez, el deseo de los hijos. La paternidad pertenece a la esencia del varón, nace con él, crece con él, se realiza en él. No obstante situaciones sociales, culturales, morales que influyen en la persona, pueden alterar el desarrollo o ejercicio de la paternidad.








