«Ay, dicen que el que se aleja, ay más fácil se le hace olvidar»: ¡ambúa!
¿Y cómo se olvida lo que llevas dentro de ti?
Despedirse es un acto rico en emociones encontradas: la esperanza de volverlos a ver y el miedo de no encontrarlos más.
Paisanos, esta vida es prestada y la verdad que, aunque sí celebro todo lo bonito que le pase a mi aldea, no será nunca lo que me preocupe en cada despedida.
Si a mi regreso ya no encuentro las tortugas ecológicas de reciclar, si la ampliación del malecón aún no está terminada, si el agua no llega y la luz se va, podré soportarlo sin lío alguno y, de seguro, no me molestará.
Esto no ocurre con el inventario de matronas y patriarcas que dejo, los que, sanos o chuecos, lúcidos o en el limbo, aún nos acompañan.
Nada me mortifica más que las piezas faltantes del inventario de seres queridos, dadas de baja por el inexorable paso del tiempo, porque cada ser humano es único, invaluable e irrepetible.
El preguntar por alguien y que la respuesta sea un «ya no está» es el miedo más grande que afronto en cada despedida y, en sentido contrario, nada me hace más feliz que la prolongación de la especie, la descendencia, el ciclo natural de la vida. Cuando por cada Leonor y Roberto Carlos que se van, hay un Emilio y un Alonso que llegan; se fue un Néstor Donaldo y llegó Helena, viene Darío y aterrizó un Marcelo; hace poco se fue ‘Memita’, pero nos llegó un Mario, en homenaje a otro Mario; una Helena por un Molinares; un Salvador por ‘Enriquito’ y Zenia.
Es la paradoja de la vida y la muerte que permite que la rueda siga girando.
De todas maneras, una despedida acongoja, y es por ello que se intenta llevar pedazos de casa donde quiera que la vida decida mandarnos, sabores condensados y comprimidos en una maleta, para saborearlos con especial deleite en la distancia; remedios caseros como la Yodora, que acaba con cualquier llaga y el Vick Vaporub, que con solo abrirlo ya evapora caricias de matrona y es oro puro en los días grises llenos de catarro invernal.
También me asusta perder para siempre el saber que lleva consigo quien se va: las recetas de un dulce o el arte de remendar un zapato que se fueron con Quintina y Simón, ‘el manco’, en un triste para siempre.
Y quiero robarle los minutos a las horas pa’ que mi gente no se vuelva vieja y que, al menos, su legado de conocimiento esté al seguro, porque la confusión mental, y el olvido que se pasea por los laberintos de una enclenque lucidez amenazan la veracidad de las historias contadas, patrimonio cultural de esta tierra y que la susodicha defiende a capa y espada, divulgándolas, a la trocha y mocha, con la convicción absoluta que en un run run de pasa palabras estarán a salvo y al revivirla cada semana, con la ayuda de todos ustedes, quedarán vivitas y coleando por século seculorum.







