Retorno después de un tiempo sabático de no publicar mis pensamientos u opiniones con esta columna dedicada a mi padre, hombre del cual llevo su nombre. Persona que desde la niñez me enseñó la virtud de la lectura y la escritura, herramientas necesarias en el ser humano para formar el criterio, como uno de los dones que las personas nunca podemos negociar, lo demás es prestado.
Querido papá (Roger Manuel Romero Gámez) ¿Por dónde comenzar? Cuán injusto de mi parte sería plasmar en tan pocas cuartillas una serie de experiencias y cualidades de quien compartió conmigo sus último 40 años de vida. Hay tantas cosas, tantos momentos, tantas alegrías y tristezas. Creo que una buena manera de darle desarrollo a este escrito, es agradecerte por haberme engendrado en el vientre de mamá y darme la vida.
¡Fugazmente han transcurrido 365 días! 1 año desde que fuiste llamado por Dios para que estuvieras gozando de su reino. Te marchaste aún en plena madurez mental, física y personal, sintiéndose en estos momentos la utilidad que le prestabas a esta sociedad que tanto necesita de sus buenos hijos.
Un año desde aquella noche dolorosa en medio de esta pandemia que nos tocó padecer. Seguramente, muchos estarán viviendo lo que siento, millones de familias enlutadas en el mundo, para quienes desde hace tiempo dejó de ser una mera estadística pública y sentir que dicha emergencia convive con nosotros cuando tocó la puerta de la casa y junto con sus secuelas, se lleva familiares y personas tan cercanas.
Quienes creemos en la misericordia de Dios tenemos que aferrarnos y resignarnos en llevar esta vida de manera diferente y tranquila. Realizar actos que no solo queden en las palabras o escritos, sino en los hechos, ya que esta época convulsionada nos enseñó que lo más importante es la solidaridad con nuestros seres queridos y la unidad familiar como pilar fundamental para sostener nuestros sueños.
No es fácil escribir una semblanza u opinión sobre personas sin que esté revestida de “grados subjetivos” sin embargo, entre muchas razones, si debo valorar de mi padre su capacidad para cuidar y amar a su familia y amistades. Esas cualidades que, aún tiempo después de su partida física, muchas personas lo siguen recordando con mucho entusiasmo al punto que lo catalogan como esa persona servicial, que en ocasiones no necesitó de encontrarse posesionado o nombrado en el servicio público para brindarle una mano solidaria a quien la necesitaba.
Esa fue la mejor herencia que me dejó, el amor por nuestra familia, sus buenas amistades, sus conocimientos, humildad y buenas costumbres.
Ahora bien, reitero en estas líneas lo que en el sepelio manifestaba a la multitud de amigos y conocidos que de alguna manera desafiando el contagio quisieron brindarle un último adiós y quienes por llamadas o mensajes nos brindaron una voz de pésame o aliento, “los amigos de mi padre pasan a ser automáticamente mis amigos”. Por eso, mi fe es inquebrantable ante cualquier suceso terrenal y sé que algún día Dios nos volverá a juntar.
Por su acompañamiento físico o virtual durante este primer año, estaremos mi familia y este suscrito, eternamente agradecidos.
Volverá la publicación de mis escritos in memoria de Roger Manuel Romero Gámez quien se convirtió en mi primer lector y crítico de mis posiciones.






