En junio advertimos que el atentado contra Miguel Uribe Turbay había fracasado no solo como hecho político, sino también como guión de conmoción emocional. La ciudadanía, saturada por décadas de manipulación afectiva, no reaccionó con el duelo masivo que el libreto esperaba. La ‘inmunidad emocional colectiva’ que describe Edgar Morin (2011) se hizo evidente: Colombia ya no se conmueve con facilidad, sobre todo cuando percibe que las lágrimas se piden más por cálculo que por dolor genuino.
Esa misma sociedad que entonces respondió con escepticismo, hoy presencia un nuevo intento de reescribir la historia, esta vez tras su fallecimiento. En apenas dos días, los grandes medios han presentado a Miguel Uribe como un líder mesiánico, con un legado comparable —o incluso superior— al de Jorge Eliécer Gaitán, Rodrigo Lara y Luis Carlos Galán. En esta narrativa se omiten sus posturas reales: un discurso excluyente, retrógrado y ajeno a las causas populares.
El problema no es la muerte, sino quién muere y cómo se jerarquiza el duelo. Como plantea Maurice Halbwachs (1950), la memoria colectiva es siempre selectiva y moldeada por quienes detentan el poder, decidiendo qué muertes merecen monumento y cuáles caen en el olvido. Colombia no está de luto. De luto están quienes nunca se condolieron por la muerte de líderes sociales, indígenas, afrodescendientes, miembros de la comunidad Lgtbiq+, firmantes de paz y defensores ambientales. Esos mismos que hoy se desgarran en llantos televisados —y, en algunos casos, actuados— menospreciaron esas otras muertes, muchas causadas o permitidas por las políticas de los hoy dolientes.
En este proceso de mitificación, la prensa hegemónica ha jugado un rol determinante. En Colombia, buena parte de los medios actúa menos como prensa libre que como un partido político de oposición al Gobierno progresista de Gustavo Petro. Su cobertura ha permitido que lo más ultraconservador de la política sugiera abiertamente que el presidente es responsable de la muerte de Uribe Turbay, sin ninguna evidencia y pasando por encima de las líneas de investigación de la Fiscalía. Pierre Bourdieu (1991) llamaría a esto una operación de poder simbólico: imponer un significado interesado y hacerlo pasar por verdad.
El intento de elevar a Uribe Turbay a la categoría de mártir aristócrata responde a lo que Elizabeth Jelin (2002) denomina ‘trabajos de la memoria’: operaciones políticas para fijar una versión oficial de los hechos, invisibilizando voces y experiencias que contradicen esa narrativa. Su paso por el sector público no dejó un legado transformador. Fue un obstáculo para reformas sociales, un promotor de la militarización ciudadana y un opositor sistemático de causas que buscaban justicia y equidad.
Max Weber (1922) definía el carisma como la capacidad de un líder para conectar emocionalmente con las masas y encarnar sus esperanzas y angustias. Uribe Turbay careció de esa conexión. Difícilmente la memoria colectiva puede sostener como héroe a quien, en vida, bloqueó reformas sociales, culpó a víctimas como Dilan Cruz o Rosa Elvira Cely y defendió políticas que acentuaban la exclusión.
Lo más obsceno es ver cómo se instrumentaliza un sepelio y un cadáver aún insepulto con fines politiqueros. Caras tristes, máscaras hipócritas. Judith Butler (2006) advierte que vivimos bajo un régimen de ‘duelos diferenciales’, donde unas vidas son lloradas públicamente y otras condenadas al silencio. El espectáculo mediático confirma esta desigualdad: las lágrimas son abundantes para unos pocos y escasas para las mayorías invisibles.
En el ajedrez emocional del poder, el atentado fracasó como jugada y la muerte se usa ahora como pieza mayor. Pero, la ciudadanía ya conoce el truco. En un país marcado por duelos selectivos, la verdadera batalla no es por la memoria de un político, sino por rescatar la dignidad de todas las vidas que el poder nunca quiso llorar.








