Hay objetos que no se heredan: se custodian. Como si fueran amuletos domésticos o reliquias de un culto familiar no escrito. Uno de esos objetos sagrados, en nuestra casa materna de Riohacha, es un caldero de aluminio que ha pasado de mano en mano por más de ochenta años. Un recipiente modesto en apariencia, liviano, algo desgastado, pero con una fuerza invisible que lo ha mantenido vivo en la cotidianidad de las mujeres de la descendencia. La conexión entre matrilinaje y gastronomía aparece en muchas culturas donde las mujeres no solo transmiten la herencia familiar, sino también los saberes culinarios que aseguran la identidad gastronómica de su comunidad.
Ese caldero, de alta dureza y resistencia al desgaste, solo ha tenido un uso en toda su existencia: freír pescado. Nada más. Y no por capricho. En mi familia, y diría que, en muchas de esta ciudad costera, el pescado no es solo un alimento. Es un ritual, una herencia del mar Caribe que marca el pulso de la semana, especialmente en esos días en que el ambiente invita a una comida simple, crujiente y con sabor a casa.
Mi abuela materna, que murió en 1999 a los 96 años, lo usaba con la destreza de quien no necesita termómetro ni reloj. Mi madre, que falleció en 2008 a los 86, lo recibió como se recibe una sabiduría ancestral. Hoy, lo conserva una de mis hermanas mayores, que a sus 77 años sigue defendiendo la regla de oro: en ese caldero, solo se fríe pescado.
En Riohacha, la ciudad donde nacimos, el pescado ha sido siempre parte del alma. Aquí el mar no es solo paisaje, es despensa, refugio y destino. Su riqueza ictiológica —pargos, mojarras, lebranches, jureles, róbalos, sierras— ha sostenido tanto la economía informal como la mesa familiar. Pescadores artesanales, muchos de ellos wayuú, madrugan a lanzar sus atarrayas y sus compañeras son quienes limpian, venden, cocinan. Es un ciclo antiquísimo que sigue latiendo, a pesar de la modernidad y el olvido institucional.
Se calcula que en muchas casas guajiras se come pescado frito al menos una vez por semana. Pero no es cualquier fritura: hay una técnica, una forma, un saber que no está en los libros. El pescado debe quedar dorado por fuera, jugoso por dentro, sin romperse, sin pegarse. Y ahí entra nuestro caldero. “Aquí no se pega nunca”, repiten mis hermanas como un mantra. “Es por el tiempo… y por el alma que tiene ese caldero”.
Más allá de lo práctico —la capa natural que ha dejado el aceite con los años, el uso exclusivo que evita residuos de otros alimentos, la temperatura siempre bien calculada—, ese caldero representa una forma de estar en el mundo. Es símbolo de constancia, de memoria matrilineal, de cocina como lenguaje del cuidado. Un objeto que sobrevive porque ha sido amado. Son las mujeres quienes definen el carácter gastronómico, creando una continuidad entre naturaleza, alimentación y cultura; transmitida de madre a hija y al clan. Este vínculo fortalece la seguridad alimentaria, la cohesión social y la identidad cultural.
En nuestra cultura los utensilios no son desechables. Se curan, se heredan, se protegen. Se les respeta su función. Por eso, cuando se prepara escabeche —esa delicia de pescado frito que luego se guisa con cebolla, ají dulce, vinagre y pimienta—, la segunda parte del proceso no se hace ahí. Se cambia de olla. Porque ese caldero tiene una sola misión: freír pescado. Y hacerlo bien.
Hoy, cuando muchas cosas parecen perder su valor rápidamente, ese caldero sigue hablándonos en voz baja. Nos recuerda que la cultura no solo está en los libros ni en los grandes monumentos. También vive en los gestos cotidianos, en las prácticas silenciosas, en los objetos que se cargan de historia. Y en el sabor de un pescado frito, servido con arroz de coco y patacón, frente al mar que lo hizo posible.








