Definitivamente parece que La Guajira y sus entes territoriales han entendido que el turismo es una de las salidas reales que tiene la región para avanzar y superar las graves brechas de pobreza que han generado profundos niveles de vulnerabilidad frente al contexto nacional.
Lo anterior quedó confirmado con la masiva participación de la Gobernación y los municipios en la reciente Vitrina de Anato 2026, en Bogotá. Allí se mostró la resiliencia del pueblo guajiro. En ese escenario nacional e internacional, La Guajira tuvo una presencia visible, organizada y ambiciosa.
El departamento llegó con narrativa, identidad y una clara apuesta por el turismo comunitario y cultural. La riqueza natural del Cabo de la Vela, la majestuosidad de Punta Gallinas, el desierto que abraza el mar, la fuerza de la cultura Wayuú y la diversidad étnica fueron el corazón del discurso promocional. Se habló de sostenibilidad, de experiencias auténticas, de inversión y de alianzas estratégicas. Y eso, sin duda, es un avance.
Paralelamente, los 15 municipios, la Gobernación, los congresistas y la sociedad civil deberían unirse alrededor de esta alternativa para que el turismo reciba respaldo total. Pero también los emprendedores del sector deben entender que esta industria se cuida con compromiso, calidad, formalidad y respeto. El turismo no es improvisación; es planeación y responsabilidad.
Se mostraron escenarios esplendorosos: playas, mar, montañas, ríos, desierto, nevados y senderos. Sin embargo, vender la región exige más que fotografías impactantes. Exige coherencia entre el discurso y la realidad territorial.
Persisten debilidades estructurales que no pueden maquillarse. Muchos atractivos turísticos continúan con accesos precarios, señalización insuficiente y limitada conectividad terrestre. El visitante que compra una experiencia debe encontrar condiciones mínimas de movilidad y seguridad.
Aunque el aeropuerto de Riohacha ha mejorado su operación, la oferta de rutas y frecuencias sigue siendo insuficiente para un destino que aspira a competir con otras regiones del Caribe colombiano. Sin conectividad competitiva, la promoción pierde fuerza.
También persisten fallas en servicios públicos básicos en varias zonas turísticas: agua potable intermitente, energía inestable y deficiente manejo de residuos sólidos. A esto se suma la informalidad de algunos operadores sin registro ni capacitación adecuada, lo que afecta la calidad del servicio y la reputación del destino.
Anato dejó buenos vientos. Pero los vientos, por sí solos, no mueven un barco sin rumbo. La Guajira necesita decisión política, inversión sostenida y disciplina institucional para convertir la vitrina en resultados concretos. El turismo puede ser la gran oportunidad, pero solo si dejamos de vender promesas y comenzamos a garantizar realidades.