La vida en La Pista es un retrato fiel y cruel sobre la migración en Latinoamérica. Es la esencia misma de la pobreza. Es la muestra palpable del abandono. La tipificación de muchos delitos, que se cometen al vaivén del hambre de miles de personas que lo dejaron todo para convertir sus sueños en realidad en otras tierras.
De la verdadera Pista, por donde otrora, salían los ricos comerciantes que llegaban a Maicao a comprar mercancías por montones para abastecer sus negocios en el resto del país, solo quedan pequeñas casitas armadas con retazos de cartón, pedazos de madera, restos de latas y las puertas de vehículos ‘deshuesados’ por los ladrones de carro.
El aeropuerto La Majayura desapareció por sustracción de materia a comienzo de los años 90, cuando el entonces presidente César Gaviria, decretó la Apertura Económica, y Maicao, inició su agonía financiera y comercial.
Cuando las operaciones aéreas comerciales cesaron, la Aeronáutica Civil, prácticamente dejó abandonada esas instalaciones y poco a poco fueron apareciendo familias que armaron cambuches, en sus alrededores. Luego comenzaron a llegar masivamente migrantes desde Venezuela, Haití, Ecuador, África; mientras que los colombianos que retornaban a su tierra, también se sumaron a una invasión incontenible que formó un conglomerado social, que en homenaje a lo que fue un aeropuerto pomposo, hoy se le conoce como La Pista.
Hoy es el asentamiento de migrantes más grande de Colombia y una huella de lo que, representa la crueldad de la pobreza en los denominados países del tercer mundo, en donde miles de familias, en su mayoría venezolanas, encontraron un pedazo de tierra para levantar un pequeño techo que les permite hacer menos cruel, la rudeza de la crueldad.
El Foro Mundial sobre Migración y Desarrollo, parece cerrar los ojos ante lo que ocurre en La Pista. Ninguno de los invitados pisará ese territorio. La cancillería, como máximo organizador no lo agendó debido a condiciones graves de inseguridad que, no se pueden soslayar.
Para los organizadores, visitar La Pista, significaría enfrentarse de manera directa a la precariedad extrema de miles de migrantes, lo que obligaría a los gobiernos y organismos a pronunciarse con compromisos más concretos. Evitar la visita reduce esa presión, en eventos, que tienen más un toque social, que de lograr acciones que mitiguen el fuerte impacto que sufren los migrantes.
No permitir que los invitados puedan escuchar el llanto de los niños enfermos, el bullicio de las cocinas improvisadas con leña, y el murmullo de los adultos que buscan resolver las súplicas de las familias clamando por un poco de comida, sería ocultar bajo el manto de una frágil excusa de problemas de inseguridad, la grave situación que genera la migración en estas regiones, y condenar a La Pistas y sus habitantes a seguir en el anonimato mundial.