En medio de un mar de dudas, decretos y revocaciones, finalizó el Carnaval de Riohacha, considerado uno de los más antiguos del país. No es una fiesta cualquiera, es una declaración cultural, una vitrina económica y un termómetro de la organización institucional y la sociedad civil.
Cada año, en Riohacha, Maicao, Fonseca, San Juan del Cesar y Villanueva, se demuestra que la tradición sigue viva, pero también que el evento ha evolucionado en dimensiones que van más allá de la tarima y el desfile.
Este año, la dinámica financiera no tuvo resultados tan visibles. No es para menos. La región fue azotada por una intempestiva ola invernal, lluvias fuertes e inundaciones, que obligaron a la declaratoria de una emergencia en Riohacha y otras localidades. A ello se suma que el transporte interdepartamental se vio afectado por la caída de un puente en la Troncal del Caribe, pero pese a ello, se notó afluencia en restaurantes, ventas entre los artesanos, la proyección de muchos jóvenes artistas que encontraron espacios para mostrar su talento y capacidad en los escenarios.
El Carnaval se ha convertido en una inyección económica para miles de familias que esperan estas fechas como uno de los momentos más importantes del año.
Sin embargo, la evolución del Carnaval guajiro también plantea preguntas necesarias. Se requiere una mayor estructura y mejor organización, mayor y mejor presencia de patrocinadores privados y una coordinación más técnica en seguridad, logística y promoción. La articulación entre alcaldías, Policía y organismos de socorro ha permitido eventos más controlados y con menos incidentes que en décadas pasadas. Esa profesionalización es un avance que debe reconocerse.
Pero el crecimiento también exige responsabilidad. El Carnaval no puede perder su esencia cultural en medio del espectáculo comercial. La riqueza afrocaribeña y la presencia del pueblo wayuú deben ocupar un lugar central, no decorativo. La identidad guajira es su mayor fortaleza y el evento debe protegerla frente a la tentación de copiar modelos ajenos que diluyan su autenticidad.
El futuro del Carnaval dependerá de tres factores fundamentales: organización transparente, fortalecimiento cultural y visión estratégica. Convertirlo en una marca territorial sólida implica pensar en turismo sostenible, formación artística permanente y promoción digital que proyecte al departamento más allá de la temporada festiva.
Pero hay un tema, en donde toda la comunidad debe comprometerse seriamente, para evitar que estas festividades desfallezcan: el comportamiento individual y colectivo. Esta sería la clave para que los próximos eventos sean más concurridos. La gente requiere confianza, seguridad, certeza de poder disfrutar con tranquilidad junta a la familia de una fiesta que no requiere etiqueta. Los últimos años, las riñas, choques de pandillas juveniles, han generado caos y serias preocupaciones entre los organizadores, que se desgastan para brindar lo mejor, pero unos minúsculos sectores de la sociedad, lo quieren dañar.