Estoy impresionado por comentarios de redes sociales y cierta “cosita irritante” en los discursos de los doctores de la ley, que de alguna manera solapan intentos de descalificación a Villafañe por no ser “arhuaco racial y raizal”, lo cual me parece un debate antiguo, inquisidor y mezquino.
Siendo un concurso musical de la vallenatía acordeonera y siendo el vallenato un patrimonio de la humanidad, ya en el establecimiento vallenato deberíamos saber que en cualquier momento nos va a salir un mexicano, un venezolano o un panameño que nos meta una panga de acordeón.
Es sabido que los japoneses, con precisión autista, serían capaces de copiar y recordar exactamente más de 100 rutinas musicales clásicas que a ojos cerrados nos transportarían (con susto) a De La Ossa, Landero, Durán, Rois y Martínez. Lo que le pongan por delante se lo aprenden y nos dejan boquiabiertos.
Y que el día que eso pase, que sea el arte de la ejecución el que defina los ganadores en vez de los comentarios xenófobos, etnófobos y de cualquier otra fobia.
No soy acordeonero pero al igual que muchos de ustedes sé reconocer qué cosas son y no son en la ejecución vallenata y vi mucha interpretación pareja en la final e imagino el dolor de cabeza que fue la decisión para los jurados. Es posible que haya habido hasta un triple empate pero si disfruté alguna interpretación original, esa fue la de Villafañe en el Paseo (El Pobre Juan) y otro tanto en La Puya.
Javier Matta muy preciso, muy seguro. Ocampo muy alegre y todos, todos ellos predecibles, sorpresas pocas. Le critican a Villafañe cierta simpleza que algunos no han dudado de tildar como infantil, desconociendo todas las progresiones armónicas que hizo, por ejemplo en la puya, donde se preocupó más por los recorridos tonales que por el vértigo sobre el teclado.
Lo que para unos es soso para otros nos es “cioso” delicioso y es aquí donde salta el fantasmerío de la Sierra y su trabajo mental que viene haciéndose hace meses en una técnica espiritual la mayoría de nosotros desconocemos y que pesa más que cualquier rosca o conspiración y hasta ahí dejo ese tema.
En otros festivales se ha impuesto la vieja vallenatía a pesar de sutiles errores técnicos en la interpretación, que son audibles para los conocedores (como lo fue la coronación de Wilber, la más errática y la más sabrosa, parrandera; antitécnica pero enguayabadora), en otros casos prima la armonía del conjunto como elemento diferencial.
En otras ocasiones ni se sabe. Llegar a una final de 5 acordeoneros es haber pasado innumerables pruebas y situaciones que prácticamente dejan en igualdad a quienes logran llegar al templo mayor. Si algo conozco del festival es que la calificación numérica de las rondas previas, único determinante de la selección, se torna un elemento más durante la final, la cual se resuelve por un consenso en donde se tiene en cuenta lo que cada jurado interpreta como primer lugar y si no hay un claro ganador, ay mamita, es cuando vuelan todas las consideraciones sumas y restas.







