Vivimos en un país donde la indignación no tiene arraigo, en el que los hechos más atroces acaparan el noticiario televisivo, quedando muchas desdichas por fuera del “prime time”. El rapto y posterior asesinato de dos adolescentes venezolanos luego de ser descubiertos robando en un establecimiento comercial, en Tibú (Norte de Santander), habría generado una respuesta monumental en cualquier país desarrollado. Pero para nosotros son dos muertes más… sin entender cómo de manera estructural acolitamos tragedias como estas la cual expone cuan resquebrajado se encuentra el valor de la vida en nuestra sociedad.
Esta semana ya poco se habla de aquella tragedia, y son otras noticias que, como perlas de un collar, se empujan unas con otras construyendo un círculo vicioso de violencia, en el cual nos turnamos el rol de víctimas y protagonistas. Siguen asesinándose niños de lado y lado, unos que de manera inverosímil les catalogan como máquinas de guerra como irónicamente lo tildó nuestro ministro de Defensa y otros que de manera sangrienta le quitan la vida a causa de robar.
Analizar la situación de violencia en nuestro país nos lleva a entender que ya las disputas en nuestros territorios no se encuentran sustentadas bajo banderas políticas, los grupos criminales que tienen mayor presencia en el país no son más que mafias de narcotráfico que lo único que les interesa es el billete, que les permita poder y control de regiones en las cuales es ausente nuestro Estado.
Esto nos lleva a preguntarnos, si no es el momento para dar pasos firmes en una política de legalización de todas las drogas que somos expertos en producir. Ya hemos pagado con mucha sangre la lucha contra estas bandas de narcotráfico. La atomización del narco en distintas zonas del país hace que los golpes que logra dar nuestro Ejército no alcanzan la entidad suficiente para afectar estas estructuras delictivas.
Ya Juan Manuel Galán, miembro de la Coalición de la Esperanza, y otros líderes de esta causa, han propuesto a través de distintos medios su idea de legalización de todas las drogas. Sin embargo, este tipo de ideas liberales, generan escozor en una población “conservadora”, que se escandaliza por las supuestas consecuencias en mediano plazo de ese plan, tal como lo hizo Germán Vargas Lleras en alguna de sus columnas dominicales.
A pesar de lo anterior, si no empezamos a poner piedras que sirvan de cimiento de este plan, no vamos a poder avanzar hacia la legalización. Todos somos conscientes que no podemos hacer este tipo de cambios radicales en nuestra sociedad, sin prepararnos para atender un real problema de salud pública, sin hacer diplomacia a nivel internacional para encontrar aliados, sin estructurar un programa coordinado que nos permita hacer ese tipo de transiciones.
Si bien pareciera una felonía a nuestra sociedad conservadora, una política de legalización debe empezarse a analizar con unos lentes distintos, que nos permita escuchar a sus defensores y opositores, para así lograr el mejor programa de legalización que a mediano plazo logre la atención y el apoyo multilateral de distintos actores internacionales.







