En la comunidad indígena wayuú, ubicada en su mayoría en la parte norte del departamento de La Guajira, ‘la palabra’ se convierte en una prenda de garantía. Sí, hacer compromisos verbales y no cumplirlos puede acarrear costosas indemnizaciones e incluso puede costar vidas. De hecho, su Sistema Normativo (declarado Patrimonio Cultural Inmaterial por la Unesco) gravita en torno a la tradición oral, la cual deposita en la palabra toda su envergadura y poder.
Los pütchipü’ü o palabreros si bien no son jueces con la capacidad de decidir bajo su arbitrio y discreción las disputas que se presenten, sí tienen la capacidad de mediar ante conflictos de honor y sangre, utilizando distintos mecanismos basados en el diálogo y compromisos verbales. En esta comunidad indígena no existen contratos, cheques, actas, ni ningún otro tipo de documento que soporte los acuerdos generados, todo queda depositado en la palabra. Esto hace que los más viejos sean tesoros invaluables dada la experiencia y el conocimiento de hechos del pasado que sus mismos ancestros le han transmitido, convirtiéndose así en bibliotecas vivas dentro de esta comunidad indígena.
En nuestros días, el valor de la palabra se ha devaluado. Cada vez más mercaderes de mentiras se encargan de engañar y timar a otros bajo propuestas que más tarde incumplen sin sufrir ningún tipo de sonrojo. Esta situación se presenta a escala multinivel, desde representantes del Estado, pasando por ejecutivos de grandes empresas, líderes de organizaciones sociales hasta llegar a los ciudadanos de a pie.
Reencontrarnos como sociedad exige que la familia como su célula fundamental debe hacer pedagogía sobre el poder de la palabra desde la niñez hasta la adolescencia. El ejemplo de los padres a sus hijos debe ser de cumplimiento, y no enseñar sobre una visión oportunista en la que la infracción y la trampa dan más réditos que el acatamiento y la responsabilidad.
Así mismo, los entes educativos en alguna de sus cátedras deberán incluir módulos en los que se explique el poder de la palabra para reforzar el mensaje, o para instruir aquellos que lamentablemente no han tenido una formación sobre este tópico.
Cuando se habla de cumplimiento, debemos entenderlo como aquella capacidad de respetar y ejecutar todo aquello a lo que nos hemos comprometido. Es inescindible que los compromisos se basen sobre un lenguaje claro sin ambages que le permitan a las partes tener claro lo que se debe dar y lo que se está por recibir, o que se debe hacer y no hacer. De lo contrario, más temprano que tarde la sostenibilidad de los acuerdos será muy débil.
Los más grandes negociadores pueden valorar el apego al cumplimiento y el respeto por la palabra como una debilidad, sin embargo, está demostrado que en aquellos escenarios de negociación donde se ha creado confianza, es más fácil alcanzar acuerdos, sin decir que sea un elemento imprescindible. La confianza, se construye y se gana, con acciones de nuestra cotidianidad, que le permiten a los otros aquilatar cuánto valor son capaces de poner en manos de otros.







