Cuidado con ir por la vida buscando en otros, la felicidad que llevas dentro. Querer que alguien te complete, equivale a decir que Dios no te hizo pleno. Más bien, busca en el otro igualdad y reciprocidad mutua desde la diferencia.
El otro me ha sido dado por Dios en su totalidad, para que lo reciba así, en su plenitud, no a pedazos. El otro será siempre quien me ayude a salir de la soledad egoísta y triste, el otro es quien me desafía e invita no solo a dar, sino a darme todo.
Porque el otro es mi ayuda, el otro es mi aliado en el camino de la vida: “El Señor Dios se dijo: No es bueno que el hombre esté solo: voy a hacerle una ayuda que es similar a él” (Gn 2, 18).
Así comprenderé que la felicidad no me la dará el otro, sino que mi felicidad crece al compartirla con el otro, que también lleva esa felicidad dentro de sí y abre su “yo” al “tú” para formar un “nosotros”. Por eso, no vayas por la vida mendigando pedacitos de felicidad en el otro, apuesta a lo grande, te la mereces toda con el otro, semejante y diferente a la vez.
Dios ha puesto la felicidad dentro de ti, descúbrela y compártela con quien quiera también darte de la suya. Esa es la clave: amar y ser amado. Siempre doble vía, una sola, será un error perpetuo de tristeza e infelicidad.







