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He decidido volverme influencer

Después de toda una historia como servidor público, he tomado una decisión trascendental: voy a ser influencer. Me cansé de las mesas de diálogo, de los acuerdos que…

Después de toda una historia como servidor público, he tomado una decisión trascendental: voy a ser influencer. Me cansé de las mesas de diálogo, de los acuerdos que…

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Después de toda una historia como servidor público, he tomado una decisión trascendental: voy a ser influencer. Me cansé de las mesas de diálogo, de los acuerdos que toman meses y de las soluciones que nadie aplaude. Descubrí que estaba en el oficio equivocado. Resolver problemas no da seguidores. Indignarse, sí.

Lo dice la ciencia, que es lo único que uno respeta antes de dejar de respetar todo. Un estudio de la Universidad de Nueva York encontró que cada palabra que mezcla juicio moral y emoción aumenta en cerca de un 20 % las veces que se comparte un mensaje. Hice la cuenta: si en un solo video digo ‘corrupto’, ‘ladrón’, ‘vergüenza’ y ‘asco’, tengo un crecimiento asegurado. En redes, la gente comparte más al que se indigna que al que razona. Y yo, que llevo años razonando, me estaba perdiendo el negocio.

Aclaro, antes de seguir: no hablo de los creadores de contenido serios, que los hay y muy buenos en nuestra región. Los que investigan, verifican, dan la cara y denuncian con pruebas le hacen un bien enorme a la democracia. Yo quiero ingresar a otro gremio, el de la indignación por encargo.

Ya tengo listo el manual. Lo comparto gratis, porque de eso se trata: aparentar generosidad.

Primera regla: nunca verificar. Verificar demora y la indignación tiene fecha de vencimiento. Si espero a tener pruebas, otro influencer me gana el escándalo. Mejor publicar primero y, si acaso, preguntar después. Y si resulta falso, no pasa nada: nadie comparte las rectificaciones.

Segunda regla: hablar siempre mal de ‘los políticos’, así, en general. Nunca de uno en particular con documentos en la mano, porque eso exige trabajo y expone a demandas. ‘Todos son iguales’, ‘todos roban’, ‘todos son lo mismo’. Es una frase maravillosa: no necesita pruebas, no admite matices y deja al que la dice como el único honesto del pueblo.

Tercera regla: grabar con cara de dolor. El tono importa más que el contenido. Ceño fruncido, voz quebrada, música de fondo de película de suspenso. Guy Debord lo explicó en 1967: en la sociedad del espectáculo importa menos lo que pasa que cómo se muestra. Él lo escribió como crítica; yo lo voy a usar como modelo de negocio.

Cuarta regla: conseguir una bodega. Un influencer serio no puede depender del afecto espontáneo del público. Hay que contratar cuentas sin rostro, con nombres raros y fotos de paisajes, que comenten ‘¡Así se habla!’, ‘¡Qué valiente!’ y ‘¡Por fin alguien dice la verdad!’. Se consiguen a buen precio. La verdad se volvió barata; lo caro es la credibilidad, pero esa no se necesita.

Quinta regla: tener patrocinador sin decirlo. El influencer independiente es el que todavía no ha dicho quién le paga. Mi indignación estará disponible para quien la necesite: se ataca al que estorba, se calla sobre el que paga. Hay temporadas, sobre todo las electorales, en que la indignación se cotiza mejor que el carbón.

Sexta regla, la más importante: si alguien me critica, ofenderme. Si un periodista me pregunta por mis fuentes, denuncio persecución. Si un político me responde con datos, digo que me quiere silenciar. El atacante profesional se vuelve víctima en segundos. Es el truco más viejo del espectáculo: el que golpea primero llora más fuerte.

Ya hice mi plan de negocio. En seis meses tendré cien mil seguidores, cero problemas resueltos y una reputación de valiente. No habré construido un acueducto, ni conseguido un empleo para nadie, ni sentado a dos enemigos a conversar. Pero tendré algo más valioso en estos tiempos: engagement.

Solo me detiene un pequeño inconveniente. San Agustín decía que hasta los bandidos necesitan algo de justicia para repartirse el botín. Y yo, que no soy santo ni pretendo serlo, todavía conservo un poco de eso.

No me creo mejor que nadie. En mis años de servicio público me equivoqué más de una vez, dije cosas que hoy diría distinto y tomé decisiones que otros, con razón, criticaron. También he sentido la tentación de responder con rabia, de buscar el aplauso fácil, de pensar mal del que piensa distinto. Nadie está a salvo de eso, yo tampoco.

Pero aprendí algo sentado en tantas mesas con gente que llegaba desconfiada: que detrás de cada crítica hay una persona, y detrás de cada político, aunque no lo parezca, hay una familia que lee lo que se dice de él. Que la palabra puede construir o destruir, y que el que la usa tiene que responder por ella.

Por eso desisto. Prefiero seguir firmando con mi nombre, equivocándome a la vista de todos y corrigiendo cuando haga falta. No porque sea el más honesto, sino porque quiero que mis hijos puedan leer lo que escribo sin sentir vergüenza.

Y si algún día me ven indignado en un video, con música de suspenso, pido un favor: que alguien me llame y me recuerde esta columna.

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