Lo que ocurre en La Guajira parece desafiar toda lógica. Hace apenas unos días, la preocupación estaba concentrada en la prolongada sequía que amenazaba la supervivencia del ganado,…
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Lo que ocurre en La Guajira parece desafiar toda lógica. Hace apenas unos días, la preocupación estaba concentrada en la prolongada sequía que amenazaba la supervivencia del ganado, marchitaba los cultivos y favorecía la aparición de los primeros incendios forestales. Hoy, el panorama es radicalmente distinto: las lluvias han transformado el paisaje y provocado emergencias en buena parte de los 15 municipios del Departamento.
De la angustia por la falta de agua hemos pasado a la desesperación por su abundancia. En Riohacha, los últimos registros pluviométricos reportan precipitaciones que superaron las del pasado 2 de febrero, mientras numerosos sectores de la ciudad enfrentan inundaciones, dificultades de movilidad y afectaciones que ponen a prueba la capacidad de respuesta de las autoridades.
En las zonas rurales, la paradoja resulta todavía más dolorosa. Allí donde los productores rogaban por lluvias para salvar sus siembras y evitar la muerte del ganado vacuno, ovino y caprino, ahora deben buscar la manera de poner a salvo sus animales ante el avance de las aguas. En algunos lugares, las improvisadas embarcaciones vuelven a convertirse en el único recurso para movilizar personas y semovientes, como ha sucedido en temporadas invernales anteriores.
Este comportamiento climático no es nuevo. La Guajira conoce demasiado bien el ciclo de los extremos: primero, la tierra agrietada, los jagüeyes secos y los animales debilitados; después, las corrientes desbordadas, los caminos rurales convertidos en lodazales y las comunidades aisladas por las inundaciones. Lo preocupante es que cada episodio encuentra a muchas familias expuestas a las mismas vulnerabilidades.
No basta, entonces, con declarar emergencias cuando el desastre ya está encima. Se necesita planificación territorial, mantenimiento de canales y drenajes, protección de las rondas hídricas, sistemas de alerta temprana y obras diseñadas con criterios técnicos. También es indispensable fortalecer la asistencia al campesinado y a las comunidades indígenas, que suelen soportar las consecuencias más severas de estos fenómenos.
Las lluvias son necesarias para recuperar los reservorios, alimentar los suelos y aliviar la sed que castiga periódicamente al departamento. Pero cuando llegan en grandes cantidades y en poco tiempo, pueden convertirse en otra amenaza para la vida, la economía y la infraestructura.
El desafío consiste en comprender que sequías e inundaciones no son problemas aislados, sino riesgos que deben gestionarse de manera integral. La variabilidad climática exige instituciones preparadas, inversiones sostenidas y comunidades organizadas.
La Guajira no puede seguir pasando de la sed a la inundación como si cada temporada fuera una sorpresa. La naturaleza tiene sus ciclos; la improvisación no debería ser uno de ellos.