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Lo que el poste explica y la factura no

La gota.

Diagonal a mi casa hay un poste tan maltrecho que los perros no lo orinan. No me había dado cuenta porque, a veces, las cosas están tan cerca que no las vemos. La distancia existencial no es lo mismo que la distancia física y, por eso, por ejemplo, abrimos la misma puerta todos los días sin caer en la cuenta de que los tornillos de la manija están flojos, o le servimos café a nuestro papá sin observar que le tiemblan las manos. Ahora que lo veo bien, ese poste de concreto, viejo, inclinado, agrietado y con las varillas expuestas, se me presenta no solo como lo que es, sino como la imagen en la que se condensa todo el deterioro de un sistema eléctrico cuyo mal servicio padecemos a diario.

Tengo para mí que ese poste ha visto mucho a lo largo de sus 35 años ahí parado. Fue testigo de los inicios del barrio Luis Carlos Galán, en Villanueva, a principios de los años noventa. Presenció la desaparición de Electroguajira, ahogada por sus pérdidas y su ineficiencia, y cómo, en 1998, Electricaribe tomó las riendas cuando el Estado entregó la operación al capital privado. Atestiguó luego el paulatino colapso del nuevo operador, su intervención en 2016 y su posterior liquidación por insolvencia, hasta la llegada de Air-e en 2020, con la promesa de ejecutar las obras pendientes. Más recientemente, en septiembre de 2024, le tocó ver repetido el libreto cuando la nueva compañía cayó intervenida por una crisis calcada y deudas multimillonarias.

Así, después de ser administrado por una y otra empresa y por el Estado mismo, y tras el paso de varios gobiernos, presidentes y gerentes, el poste sigue cumpliendo su función a pesar de su estado ruinoso, tal como ocurre con todo el sistema. Arriba, sostiene una red que cambia de operador cada década en una espiral redundante de promesas e iliquidez: una historia administrativa que gira en círculos. Abajo, también en círculos, los perros marcaron territorio durante años y fueron dejando las sales que, poco a poco, aceleraron el deterioro químico del concreto y la corrosión del acero de refuerzo en la base.

Con todo y esto, la red social de los perros y sus feromonas en la base del poste no son la causa principal. El poste se deteriora desde adentro: la corrosión hace que el acero de refuerzo aumente de volumen hasta agrietar el concreto y desprenderlo, dejando que el agua, el oxígeno y el sol de la intemperie continúen atacando la integridad de la estructura. Con el sistema funciona igual, porque lleva dentro de su propia arquitectura los factores que lo corroen. Las tarifas impagables, los problemas de financiación y los rezagos en la infraestructura son sus grietas; por ellas se cuelan elementos externos, como el fenómeno de El Niño, que cada tanto aparece para acelerar el proceso y dejar en evidencia sus falencias.

Las grietas del poste son discontinuidades, como las de un sistema que nos tiene sometidos a suspensiones cada vez más frecuentes, tanto por contingencias como por mantenimientos programados. Los daños en transformadores e incluso los incendios en componentes que nos dejan a oscuras durante días ya son parte del paisaje, al igual que los constantes avisos de reparación, mientras nos preguntamos por qué, con tanto mantenimiento, el servicio empeora cada día. Es tal el deterioro que termina por arrastrar a otros servicios o dejar al descubierto sus vulnerabilidades: cuando se va la luz, quedamos sin señal telefónica y, en muchos lugares, sin agua, porque para bombearla hace falta energía. A los cortes se suman las consabidas fluctuaciones de voltaje, una especie de respiración dañina: los electrodomésticos zumban, pierden fuerza y casi se apagan hasta quedar por un instante en silencio; luego, de repente, parecen inhalar una energía que ya no estaba y vuelven a arrancar con ímpetu, como si el sistema entero respirara a destiempo.

Todo este asunto no se queda en las molestias de una lámpara pestañeando: va directo al bolsillo. Las fluctuaciones dañan neveras y televisores, y el mismo poste evidencia estos sobrecostos cuando soporta los reflectores que los vecinos compran y mantienen para suplir el deficiente alumbrado público. A esto se suma la logística de los apagones: lámparas recargables y paseos forzados de domingo sin luz, cuando mi hijo menor me dice: «Papá, hace mucho calor, vámonos para el río o la piscina». A 40 °C y tras una noche en vela no se razona igual; bajo un techo de zinc al mediodía, salir a bloquear una vía porque el transformador falló no resulta descabellado, trasladando el costo a los usuarios de las carreteras. En esta tierra de sol inclemente, arrancar el calor de la materia es vital para pensar, trabajar y vivir; una batalla constante que pagamos en energía, con la necesidad imperiosa de ventiladores potentes y aires acondicionados que la factura desfigura y convierte en un lujo.

El poste está inclinado hacia la calle: hacia la fatalidad. Un influjo milagroso lo sostiene, y esperamos que la técnica del milagro, con la que se enfrentan por estos días los problemas de la patria, opere también para el sistema eléctrico. Porque cuando uno mira con detenimiento, nota que no es solo ese poste: son todos los de la cuadra los que están en mal estado, y el problema no es solo del barrio ni del municipio. Es todo el Caribe colombiano atrapado en esa misma inclinación, como una amenaza constante de que la estructura se venga abajo. Los perros ya lo saben: por eso no se acercan, por eso no lo orinan.

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