Mientras el centro – occidente de Colombia, vive los estragos de un terremoto de 7.4, el departamento de La Guajira, entró a su etapa cíclica por la falta de agua y los pésimos servicios. Siempre esperamos el verano, al Niño o la Niña, para armar nuestra propia tragedia.
Maicao es hoy una de las expresiones más dolorosas de esta emergencia. El río Jordán, principal fuente de abastecimiento del municipio, presenta un caudal dramáticamente reducido. Si apenas se dispone de alrededor de 74 litros de agua por segundo, mientras la demanda supera los 600 litros por segundo, la pregunta no es cuánto falta para que llegue la crisis: la crisis ya llegó.
Y hay algo que debe quedar claro. No es preciso esperar a que “comience” el fenómeno de El Niño. El Ideam informó desde junio que las condiciones asociadas al fenómeno ya estaban presentes y advirtió sobre su fortalecimiento durante el segundo semestre. Incluso el Gobierno declaró la situación de desastre nacional para anticipar sus efectos. Es decir, el reloj de la prevención ya está corriendo.
Lo ocurrido en Maicao, donde más de 20.000 habitantes llegaron a padecer una suspensión prolongada del servicio por el bloqueo de la captación de El Jordán, demuestra además que la vulnerabilidad no depende únicamente del clima. También pesan la fragilidad de la infraestructura, la dependencia de unas pocas fuentes, los conflictos sociales y la ausencia de soluciones estructurales capaces de garantizar agua en tiempos difíciles.
La Guajira necesita pasar de los anuncios a las obras. No bastan carrotanques, pozos de emergencia ni respuestas improvisadas cada vez que disminuye el caudal. Es indispensable acelerar proyectos de almacenamiento, conducción, tratamiento, aprovechamiento de aguas subterráneas con criterios técnicos y, sobre todo, garantizar sistemas de abastecimiento que permitan enfrentar las sequías sin condenar a las comunidades a la incertidumbre.
Y esta responsabilidad debe ser compartida. Nación, Gobernación, alcaldías, empresas de servicios, autoridades ambientales y comunidades tienen que sentarse, sin cálculos políticos, a construir una estrategia regional. La sed de La Guajira no admite más diagnósticos repetidos, ni soluciones temporales, ni promesas aplazadas eternamente.
El agua no puede seguir siendo una promesa de campaña ni una mercancía política. Es un derecho fundamental y una condición mínima para la vida, la salud, la educación, la producción y la dignidad.
Si hoy, con un río debilitado, ya estamos hablando de emergencia, ¿qué ocurrirá cuando las condiciones climáticas se hagan más severas?
La respuesta no puede ser esperar. La Guajira necesita liderazgo, inversión y decisiones urgentes. Porque cuando el agua falta, no solamente se seca un río: se pone en riesgo el futuro de todo un territorio.
