En 1971 Jorge Oñate, con Los Hermanos López, montaron en el acetato una canción que se inmortalizó: ‘Los tiempos cambian’. En efecto todo ha cambiado. Esa reflexión llega a nuestras mentes en épocas de la Semana Mayor, las vacaciones y en el mes de diciembre.
Pero esos cambios culturales se notan más en la forma de recibir la Semana Santa, o Semana Mayor. En el Caribe, a excepción de unos pocos municipios, las costumbres y tradiciones han sufrido una profunda metamorfosis conceptual, hasta el punto que muchos prefieren dedicarse a la parranda, antes que al reencuentro espiritual.
Las iglesias ya no son tumultuosas. Las procesiones de Jueves y Viernes santos, no concitan a creyentes. El reencuentro de la virgen María, con su hijo crucificado, ya no genera las expectativas que producía entre los jóvenes de aquellos años. Todo ha cambiado.
Hoy los tradicionales dulces solo los hacen las mujeres que tienen esa labor como emprendimiento. Ya no es tema gastronómico de cada hogar. La gente come carne roja el Viernes Santo, sin ningún temor. Los jóvenes no temen convertirse en sirenas, o que se les aparezca el diablo o cualquier otro demonio.
Hubo un tiempo en que la Semana Santa en La Guajira no necesitaba recordatorios ni campañas para ser respetada. Se sentía en el ambiente. En Riohacha, San Juan del Cesar o Fonseca, el recogimiento no era una obligación, era una convicción compartida. Las calles bajaban el ritmo, la música desaparecía o se transformaba en cantos solemnes, y las familias se reunían alrededor de la fe, el silencio y la reflexión.
El Viernes Santo era sagrado. No había espacio para el bullicio ni para el exceso. Incluso el mar, testigo permanente de la vida guajira, era evitado por muchos como señal de respeto. Era una semana distinta, marcada por la pausa, la introspección y una conexión profunda con lo espiritual.
Hoy, esa imagen parece lejana. La Semana Santa se ha convertido, para muchos, en una temporada más de descanso, turismo y descontrol. Playas abarrotadas, fiestas improvisadas, ríos convertidos en escenarios de parranda y noches largas que poco tienen que ver con el sentido original de estos días.
No se trata de condenar el descanso ni el disfrute. Nadie puede cuestionar el derecho de las personas a aprovechar estos días para compartir o viajar. Pero sí es necesario señalar cómo, casi sin darnos cuenta, se ha ido perdiendo el equilibrio. La balanza se inclinó por completo hacia el entretenimiento, dejando en el olvido el significado espiritual y cultural de la Semana Mayor.
Se pierde la memoria colectiva. Se pierde la oportunidad de detenernos, aunque sea por unos días, a reflexionar sobre lo trascendente. Se pierde, incluso, el respeto por una herencia cultural que durante generaciones fue parte fundamental de la identidad guajira.