La corrupción se propaga como un virus, infectando a individuos e instituciones con rapidez. Se disfraza de prácticas comunes y se justifica con la normalidad. Sin embargo, sus efectos son catastróficos: deteriora la confianza, distorsiona la economía y perpetúa la desigualdad. Para contrarrestarla, es crucial la educación, la transparencia y la rendición de cuentas. La sociedad debe estar alerta y exigiendo integridad a sus líderes, porque la corrupción, es igual que un bostezo, se contagia fácilmente y requiere una acción inmediata para detener su avance.
En Colombia se ha vuelto un elemento común en el panorama político, afectando la credibilidad de las instituciones y la confianza ciudadana. Políticos y funcionarios públicos parecen más interesados en enriquecerse que en servir al pueblo. Para cambiar esto, se necesitan reformas estructurales, transparencia y una justicia efectiva. La sociedad, como tal, requiere y debe apoyar a líderes íntegros. Solo así se podrá limpiar el paisaje político y construir un futuro más justo y equitativo para todos los colombianos.
La desconfianza hacia los políticos y las instituciones judiciales y de control, es común y ha ido creciendo vertiginosamente, porque a menudo, vienen demostrando que priorizan intereses propios y particulares, por encima de los del pueblo. Es demostrable en el Gobierno actual, que ha enfrentado varias suspensiones de decretos clave en su enfoque de políticas sociales y laborales. La decisión del Consejo de Estado de suspender el Decreto del aumento del salario mínimo ha generado diversas reacciones.
Aunque algunos lo ven como un golpe a los trabajadores, otros argumentan que es una medida para asegurar que el proceso se ajuste a la Ley. Es importante destacar que esta suspensión es provisional y no implica una decisión definitiva sobre la nulidad del Decreto. El proceso continuará hasta que se dicte Sentencia. También ha ordenado al Gobierno expedir un nuevo Decreto transitorio, considerando que el aumento del 23.7% se sustentó adecuadamente, en los parámetros exigidos por la Ley 278 de 1996, como la inflación, productividad y el PIB.
En contraste, el reciente incremento del 23% para 2026 ha generado controversia con algunos, argumentando que no se ajusta a los parámetros legales establecidos en la Ley 278 de 1996, que considera factores como la inflación, la productividad y el crecimiento del PIB. Pero también es interesante cómo la percepción de los incrementos salariales puede variar según el Gobierno de turno. En los años 90, Colombia experimentó incrementos salariales significativos, inclusive superiores al 26%, como en 1989 con un 27% y en 1991 con un 26.07%. Estos aumentos se dieron en un contexto de alta inflación, que superaba el 28% en 1989.
Es curioso cómo la oposición y los demandantes critican el aumento del 23% del Gobierno actual, cuando en los años 90 hubo incrementos superiores al 26%, en gobiernos de derecha. ¿No es hipocresía política o conveniencia? La historia muestra que los incrementos salariales dependen del contexto económico y político. ¿Por qué ahora se pone el grito en el cielo? Parece más una lucha ideológica que una preocupación verdadera por los trabajadores. La objetividad y la coherencia son clave, involucra múltiples perspectivas, incluyendo la protección del poder adquisitivo y sostenibilidad fiscal.
Cabe resaltar que, la educación y la conciencia ciudadana son fundamentales para impulsar los cambios necesarios y estructurales, donde un electorado informado y crítico puede exigir políticas sociales que aborden las raíces de la desigualdad y la injusticia. Priorizar que las Cortes sean elegidas por el pueblo y no con compromisos políticos. Crear un círculo honesto de progreso y desarrollo. Líderes comprometidos con cambios funcionales y que pueden lograrse, pero necesitan el apoyo de una sociedad empoderada y exigente. Juntos podemos construir un futuro más justo y equitativo.








