Mucha expectativa y un poco de tensión rondaba en el ambiente sobre la cita a un encuentro, cara a cara, entre los presidentes de Estados Unidos, Donald Trump y el presidente de Colombia, Gustavo Petro Urrego, con la mediación diplomática y la participación de congresistas republicanos, que coordinaron direccionados a aclarar, resolver diferencias, mediante diálogos, tendientes a afianzar acuerdos sobre temas y asuntos específicos, de interés nacional y beneficios compartidos, manejados previamente por agentes diplomáticos, para ilustrar y precisar sobre la particularidad de los temas, objeto de la reunión presidencial llevada a cabo el día 3 de febrero, a las 11 de la mañana en la Casa Blanca, sede de la presidencia de Estados Unidos.
Por tratarse de una reunión entre dos presidentes que se manifiestan con comportamientos fuera de lugar, agrestes, explosivos, autoritarios, sectarios y radicales; con tendencias ideológicas opuestas que contrarían intereses, lo cual dificulta entendimientos por criterios impositivos algunos, y renuencias de aceptación de otra parte, ocasionando divergencias que dificultan la materialización de resultados positivos, cerrándose los medios de logros, desaprovechando oportunidades propicias en soluciones diferenciales, ahogadas por caprichos e intereses personales, olvidándose que representan una democracia, que no se debe ignorar cuando se trata de asuntos nacionales por diferentes y variados factores que comprometan o pongan en peligro a las partes.
Había interés político e intenciones de abortar y sabotear la reunión programada por los dos mandatarios en aquellos detractores de la oposición, con insinuaciones e intrigas que perseguían generar rupturas para que no se efectuaran los diálogos previstos en la cita. Su deseo era el de que se mantuvieran confrontaciones y choques de rifirrafe, para que el presidente Donald Trump lo capturara antes de terminar el periodo de Gobierno en circunstancias similares a la ocurrida en Venezuela, con el presidente Nicolás Maduro.
Resaltaron desinformaciones, ‘memes’, sarcasmos y una serie de arrebatos de personas desquiciadas y sin rumbo. Algunos individuos hacían alusiones de que el presidente Petro no iba a regresar porque lo dejarían preso, en insinuación a una trampa tendida por el presidente de EE. UU. para capturarlo en la sede de Gobierno. Otros manifestaban que Trump lo humillaría y lo pondría contra la pared. Los analistas independientes no apasionados opinan que el resultado del diálogo repercutiría en la elección presidencial que se avecina.
Al final todo resultó diferente a lo que muchos presagiaban y deseaban. Prevalecieron la cordura, el respeto y la cordialidad, distencionando las relaciones de comunicación y formalizando acuerdos para ejecutarlos de manera conjunta en operaciones militares contra el narcotráfico, carteles, clanes y bandas criminales declaradas como terroristas. También concretaron apoyos en la transición en la República Bolivariana de Venezuela. El secretario de Estado, Marco Rubio, reconoció la legitimidad democrática del presidente Gustavo Petro, sin descartar o ignorar las diferencias y confrontaciones ideológicas verbales.
Algunos miembros de la oposición informaban al Gobierno de Trump, ilegitimidad del mandatario colombiano por haberse extralimitado en los topes legales del gasto en campaña política, cuando son los menos indicados para cuestionar sobregastos electorales, cuando ha sido una práctica rastrera aplicada por costumbre, por más de un siglo, para garantizar elecciones de presidentes, congresistas, gobernadores, alcaldes y demás, en oscuras elecciones, predominadas por corrupción y carencia de transparencia.
Las críticas, insultos, recriminaciones, amenazas y desafíos se transforman en civilización, sensatez y armonía para entendimientos de intereses mutuos, compartiendo acuerdos previamente concebidos con finalidades objetivas en procura de concretar y resolver soluciones. El presidente Donald Trump tuvo un comportamiento excepcional, fuera del lunático que lo caracteriza. Se portó de manera amable, con manifestaciones agradables, frases graciosas, bromistas y de buen humor, con detalles del regalo autografiado. Dijo que ama a Colombia, manifestando expresiones de bienestar desde el inicio del encuentro, en cumplimiento de la cita durante el término de duración, arrojando resultados positivos, superando las expectativas negativas de quienes deseaban lo peor, como pusieron de presente los dos presidentes en declaraciones de rueda de prensa de manera separada por cada uno de los mandatarios.
El balance de opiniones es congruente con aciertos y halagadoras relaciones, contraria a expectativas explosivas y chocantes, fluida de buenas intenciones, desencajando retóricas y confrontaciones que desencantan a los habitantes de ambas naciones. Por el saneo de las constantes controversias que conllevan a agravamientos nocivos e impredecibles, se hace necesario prevenir y evitar la intensificación de la controversia, traducida en odio e impulsando acciones violentas. Los diálogos y la buena fe son factores propicios para lograr magníficos resultados y generación de confianza. Dios quiera que se mantengan los acuerdos consolidados, se conserven el aprecio y el respeto a las diferencias, y por último, se materialicen acciones y operaciones previstas en el acuerdo suscrito.
Lo que no se debe perder de vista para el control del negocio del narcotráfico, es la cúspide de los financiadores del terrible mal plasmada en el consumo. Antes de perseguir a campesinos cultivadores que viven de las labores en campo, que se ofrezcan en sus comunidades por necesidades vitales y abandono de gobiernos, acceden, a las mismas para solventar la supervivencia en hogares familiares, por ausencia de otras oportunidades de trabajo o sustitución de cultivos.
Mientras persistan tolerancias en el tráfico, comercio y altos consumos de cocaína y marihuana en EE.UU. y Europa, la guerra contra las drogas seguirá perdida en una lucha desde hace medio siglo. De nada sirve perseguir a los carteles que procesan, trafican y comercializan la cocaína fuera del territorio americano, si se admite el uso y comercio interno distribuido en ventas a consumidores, a la vez, sirve para financiar la producción en Colombia.
La solución para derrotar los carteles, clanes y mafias, es legalizar las citadas drogas de manera similar como se legalizaron los licores, el tabaco y el café, sobre los cuales se gravan impuestos al consumo. También podrían erradicarse las referidas drogas narcóticas, si por lo menos el presidente Donald Trump logra convencer al 80% de los consumidores americanos para que desistan del vicio. De lo contrario, sería intentar llenar un tanque con fondo roto, botando billones de pesos, masacrando vidas humanas en una guerra estéril, fortaleciendo con la prohibición del negocio a organizaciones armadas delincuenciales que manejan el negocio, cuyos líderes no le temen a la extradición ni a la muerte.







