La llegada a The White House
La imponente camioneta negra se detiene frente a la entrada principal de la Casa Blanca. Un edecán abre la puerta y de ella desciende el mandatario colombiano; Trump lo recibe con una sonrisa de cortesía calculada, extendiendo la mano y rematando el saludo con esa característica palmadita en el brazo con la que suele marcar territorio.
Petro entra a la Casa Blanca, la cueva del lobo de la política mundial. Las invitaciones de Trump no suelen ser gestos de mera cortesía; seguramente Marco Rubio ya le habló al oído: «Siéntalo aquí y aquiétalo». Y es que, si algo no define al magnate, es la diplomacia sutil: él habla fuerte y sin rodeos. Difícilmente el presidente colombiano podrá seducirlo con su retórica ambientalista ni con su ‘liderazgo intergaláctico’ para salvar el planeta.
El garrote y la zanahoria
Petro ingresa al Salón Oval en desventaja. Trump, acostumbrado a cantar en su ‘gallinero’, lo llevara de inmediato al terreno que más le conviene para imponer sus condiciones. Allí le ‘cantará la tabla’ de reclamos, balanceando con frialdad el garrote y la zanahoria.
¿Qué le debe Estados Unidos a Colombia como para negociar en igualdad? ¿Y qué puede pedir Petro con ese ‘rabo de paja’ que arrastra? Si se trata de dinero, el margen de éxito es escaso: los gringos no sueltan los ‘verdes’ fácilmente, y menos si el trato no incluye beneficios tangibles para Washington.
El pliego de cargos
La lista de agravios será larga. Trump le dirá que su política de ‘Paz Total’ es un fracaso y que los grupos armados hoy son más fuertes; le recordará que la estabilidad de Colombia le ha costado miles de millones de dólares a EE.UU. Le reclamará por suspender la aspersión aérea, decisión que disparó la producción de coca que llega a Estados Unidos.
No faltará el cobro por su alianza con Maduro, su silencio ante el fraude cometido en Venezuela y la osadía de haberlo llamado ‘nazi’ y ‘fascista’. Incluso le echará en cara haber instado a soldados estadounidenses a desobedecerlo como comandante en jefe. Trump sacará a relucir las sombras de dineros ilícitos sobre su campaña, su inacción frente a la migración desbordada, la supuesta complicidad para convertir el Catatumbo en un corredor de narcotráfico; le cobrará su negativa a extraditar a personajes requeridos por los tribunales estadounidenses y lo acusará de poner en peligro la democracia colombiana y politizar la justicia, entre otros reclamos.
—Por eso te quitamos la visa —sentenciará el magnate—. Y si hoy estás sentado aquí es porque yo sí quiero al pueblo colombiano, a pesar de tus esfuerzos por destruir nuestra relación estratégica.
Silencio y pragmatismo
Petro, sentado en su pose típica —entrelazando las piernas con las patas de la silla—, escucha el ‘jalón de orejas’ en silencio y traga en seco. Sabe que en boca cerrada no entran moscas y que discutir con Trump es una batalla perdida.
Cuando Mr. Trump le permite hablar, Petro opta por ensalzar su ego. Con modestia calculada, reconoce que ‘la embarró’ por no tener la experiencia que a Trump le sobra; promete que las cosas van a cambiar y que su único deseo es terminar la relación en buenos términos. En un movimiento audaz, propone un ‘relanzamiento’ de las relaciones e invita a Trump a Cartagena, prometiéndole que lo atenderá ‘a cuerpo de Rey’. Como señal de amistad, le regala chicheme y casabe de Ciénaga de Oro antes de lanzar su petición:
—Señor presidente, necesito más plata para cumplir con sus reclamos… hagamos otro Plan Colombia.
La pipa de la paz
Trump lo mira fijamente, sin fruncir el ceño, y lanza una respuesta demoledora: —No te daré dinero para que financies la campaña del comunista Cepeda. Pero, para que vivamos en paz, te devuelvo la visa para que vengas a visitar a Donald… no a mí, sino al pato Donald. Así podrás comerte un helado en Central Park mientras Miss Verónica compra ropa y zapatos finos en la Quinta Avenida.
La jornada concluye con un Petro agradecido, llamando a Trump su ‘nuevo mejor amigo’. Posan sonrientes para la foto oficial y declaran al mundo que la reunión fue ‘fructífera’. Trump confirma que no viajará a Colombia, pero en su lugar enviará a su secretario de Estado, Marco Rubio, acompañado de su esposa colombiana, a conocer las islas del Rosario.
Y así culmina la histórica visita con todos felices; al menos hasta que Petro, ya en el avión de regreso, disparara su próximo misil por X contra Trump.








