Lo dice Armando Zabaleta, cada 2 de febrero, Riohacha se convierte en epicentro de una de las manifestaciones religiosas más profundas y antiguas del Caribe colombiano: la devoción a la Virgen de los Remedios, patrona espiritual de los riohacheros. Miles de fieles llegan desde distintos puntos del país para agradecer favores, pagar promesas o implorar consuelo en medio de las dificultades. La fe, transmitida por generaciones, sigue siendo el corazón de esta celebración.
Sin embargo, alrededor de esta devoción genuina se ha configurado, con el paso del tiempo, un escenario que trasciende lo estrictamente religioso. A la par de los peregrinos y creyentes, también arriban dirigentes políticos, líderes nacionales, candidatos presidenciales y expresidentes, atraídos no solo por la tradición, sino por el poderoso simbolismo social y electoral que representa la Virgen de los Remedios en la región.
Atrás ha quedado el saco y la corbata, las procesiones con feligreses y sus ganas de cargar a la Virgen, la misma que un 14 de mayo de 1.663 salvó a los habitante de esta tierra de una especie de tsunami que amenazaba con destruir las viviendas en la Calle Primera, aunque algunos historiadores sostienen que los piratas de ese entonces, tenían a la ciudad sitiada.
Este fenómeno no es exclusivo de Riohacha, pero aquí adquiere un matiz particular. La ‘Vieja Mello’, como la llamó López Michelen, no es solo un ícono religioso: es identidad, arraigo cultural y punto de encuentro social.
Hoy, corremos un grave riesgo de que la devoción termine instrumentalizada. Cuando la fe se mezcla sin límites con la política, se diluye el carácter espiritual de la celebración y se convierte el altar en tarima simbólica. La línea entre la expresión personal de creencias y el cálculo político es delgada, pero necesaria de trazar para preservar la autenticidad de una tradición que no pertenece a ningún partido ni proyecto electoral.
Nada de esto descalifica la religiosidad popular ni cuestiona la libertad de culto de quienes ostentan cargos públicos. La reflexión apunta a la necesidad de respeto: respeto por la fe de los devotos, por el sentido comunitario de la festividad y por una ciudadanía que sabe distinguir entre la oración sincera y el oportunismo disfrazado de devoción.
La Virgen de los Remedios ha sido, históricamente, refugio espiritual en tiempos de crisis, sequía, violencia y abandono estatal. Convertirla en un amuleto político o en una estación más de la agenda electoral sería una falta de respeto a esa historia y a la fe que la sostiene.
Riohacha y La Guajira merecen que su patrona siga siendo símbolo de esperanza, no moneda simbólica de campañas. La devoción es sagrada; los intereses, no siempre.