La primera edición de la novela de la galardonada escritora colombiana Laura Restrepo que ficcionaliza la histórica guerra de los clanes Cárdenas vs Valdeblanquez data de 1993. Las balas que llenaron el desierto, la Sierra y la ciudad de muertos, habían cesado. Restrepo es la misma autora que rechazó la invitación al Hay Festival de Cartagena de este año por su deliberada politización.
No obstante, en 1984 la revista Semana publica un reportaje titulado ‘La maldición de una estirpe’ en el que Restrepo junto al periodista Fernando Álvarez revelan los detalles de una guerra entre miembros de una familia cuyo encarnizamiento se sintió en todo el país. Las muertes precedidas de enfrentamientos cuya espectacularidad se financiaba con recursos del contrabando y el narcotráfico dieron origen a relatos míticos sobre sus principales protagonistas.
Este trabajo periodístico impactó a la prosista de tal manera que se propuso seguir el rastro de la historia y documentarla, para ello consta en los agradecimientos, que conversó con personajes del territorio como los desaparecidos Franklin Gómez Deluque y Justo Pérez Van Lenden. Los diálogos sostenidos y su profusión, le permitieron una aproximación al ethos guajiro e impregnar su epopeya de personajes y episodios reproducidos en esta y las otras guerras que se desencadenaron en las más de tres décadas que duró la bonanza marimbera.
‘Leopardo al sol’ es una novela testimonial de 345 páginas en la que, a pesar de sustituirse los nombres de los clanes enfrentados, de evitar nombrar los lugares y espacios con sus topónimos, se intuye en las voces, el rencor, las revelaciones, los ritos, los códigos, el honor de la guerra y las costumbres, que el desierto aludido en la metáfora, es el de La Guajira con la genealogía de su raza y las nociones primitivas de venganza, retaliación y sangre de la Ley peninsular.
La obra inicia con una escena pueril de dos primos cuya intimidad y chanza se ve interferida por una viuda a la que pretenden y cuya elección excita los celos negros del que no ha sido favorecido hasta el punto de agotar su rabia y sus balas en la humanidad de su propia carne y sangre. Con el cuerpo al hombro de la víctima se pierde en el desierto, caminando durante doce días, tal vez significando el viaje a Jepirra, donde desde el mundo otro, recibe la Sentencia postrimera: “—Has derramado sangre de tu sangre. Es el más grave de los pecados mortales. Has desatado la guerra entre hermanos y esa guerra la heredarán tus hijos, y los hijos de tus hijos.” (p.31).
El narrador omnisciente y totalizador, se toma sus respiros y da paso a una polifonía de voces que obran como susurros que creen revelarlo todo, pero la realidad de lo que cuentan es tan fantástica, que luego ellos mismos dudan con el ardid propio de las leyendas. La mentira es tan fiel al relato que resguarda la verdad y la sublima.
Las mujeres distan de tener roles secundarios, constituyen un funesto trasfondo que exacerba la violencia, conspiran, disuaden y desvelan. Se ocupan de guarecer los nichos, recogen y dignifican sus muertos, mientras fungen como memoria recalcitrante de la necesidad de represalia, de evitar los cabos sueltos. En sus vientres que no se secan, se fabrica la estirpe que mantendrá la balanza equilibrada, la sobrevivencia, la herencia; sostén y soporte de masculinidades violentas.
El contrabando ha sido un tema recurrente en la literatura regional, prescindir de su narrativa es obliterar la cicatriz de una herida causada por la desidia y la exclusión histórica del territorio, simiente de negocios ilícitos que ayudaron a amasar los capitales para la guerra.
“Se inician en el negocio del contrabando olvidando una vieja tradición: hasta ahora sus dos familias, los Barragán y los Monsalve, han sobrevivido en el desierto del trueque de carneros y borregos. Al principio de sus tiempos se asentaron juntas en la mitad de un paisaje baldío, de sedimentaciones terciarias y vientos prehistóricos, de montañas de sal y de cal y emanaciones de gas, donde la vida era magra y caía con cuentagotas. Le robaban el agua a las piedras, la leche a las cabras, las cabras a las garras del tigre. Los dos ranchos estaban uno al lado del otro y alrededor no había sino arenas y desolaciones. Como las dos familias eran conservadoras no tenían altercados por política.” (p.20).
El mito fratricida mantiene su suerte de espiral en la historia como un almanaque en el que cada aniversario exige ser tachado de rojo, gota a gota, muerto a muerto, como un cobro de sangre para resarcir la pena infringida y perpetuar el ciclo aciago, hasta que no quede un solo varón en pie. Surgen los hitos del mercenarismo y la semilla del narco paramilitarismo como organismos de autodefensa. La violencia impone una diáspora del desierto y fija territorios insondables para los opuestos con un final épico de carnavalización de la muerte.
“Estira la mano para cerrarle los párpados y en ese instante su intuición de ciego ve la imagen postrera que alcanzó a grabarse, como un fósil, en las pupilas petrificadas de ‘Nando’ Barragán. El vuelo de un último recuerdo que quedó atrapado en ellas: un desierto amarillo, manchado por la sombra de las piedras, sobre el cual yace la muerte como un leopardo al sol.” (p. 344).








