Parece que las cabañuelas le marcaron a los guajiros los derroteros de las lluvias para el 2026. Es un método ancestral casi infalible que le ha servido a los agricultores para sembrar, a los compositores para su inspiración y a los observadores climáticos para mirar algunos comportamientos y cambios ambientales.
Después de las cabañuelas en esta región comienza el rigor del verano. Un enero con chubascos, garúas de baja densidad y unos amaneceres cargados de temperaturas frescas. El verano llegó arrastrando los problemas ciclos de cada anualidad: falta de agua.
Pese a que la tierra aun no luce agrietada, con la famosa piel de cocodrilo, los jagüeyes, ya comienzan a bajar sus niveles y a los ganaderos se les acelera el ritmo cardiaco, porque se acaba el alimento para sus hatos y los precios del queso, la carne, la leche comienzan a dispararse. Es la misma película, que trae en su libreto las promesas de soluciones de cajón, que nunca se cumplen.
Ayer los habitantes de Albania, se tomaron la sede de la empresa Aqualia, operadora del sistema de acueducto y alcantarillado, un servicio frágil, que se come los presupuestos de los municipios con obras de acueductos, que se quedan a medias sin llevar agua a la comunidad.
No se trata de una emergencia nueva ni sorpresiva. La Guajira vive, desde hace décadas, una crisis estructural de agua potable que se agrava cada vez que el clima cumple su ciclo natural. El problema no es el verano; el problema es la incapacidad histórica del Estado —en todos sus niveles— para garantizar un servicio continuo, digno y sostenible.
Las cifras y los informes oficiales hablan de inversiones millonarias, de planes, de proyectos de acueductos rurales y de soluciones ‘definitivas’. Sin embargo, en el territorio, la realidad es otra. Comunidades wayuú siguen caminando kilómetros para conseguir agua de dudosa calidad. La gente sigue sin dormir para poder conectar las turbinas y ganar un poco de agua, pero pagando un servicio como si se prestara con eficiencia.
El verano apenas comienza y la agonía ya se siente. La única esperanza viable y que hasta hoy genera confianza, la tiene la empresa Esepgua, que tiene en ejecución 63 proyectos a lo largo de todo el Departamento. Pero, no es suficiente. Falta mucha más inversión, para solucionar un viejo problema que ha causado miles de muertes, especialmente en la población infantil tanto indígena, como arijuana.
Rodear, apoyar y vigilar lo que hace Esepgua, es una buena alternativa que debemos confiar. Es lo que tenemos para poder acabar con el flagelo de la sequía, generada no solo por el verano, sino por la pésima distribución del líquido que tenemos disponible a la vista.