En medio de las ruinas que quedaron tras la avalancha del 13 de noviembre de 1985, Armero recordó los 40 años de la peor tragedia natural del país con un minuto de silencio en honor a las más de 23.000 víctimas y actos simbólicos marcados por llamados al perdón y reflexiones sobre los errores que antecedieron al desastre.
Aunque el presidente Gustavo Petro no asistió a la ceremonia, el evento reunió a varias autoridades, entre ellas el alcalde de Armero Guayabal, Mauricio Cuéllar; la gobernadora del Tolima, Adriana Matiz; el director de la Ungrd, Carlos Carrillo; y la ministra de Cultura, Yannai Kadamani, quien fue la única integrante del gabinete en participar.
El alcalde Cuéllar, quien tenía seis años cuando la avalancha arrasó con el municipio, aseguró que Armero representa un capítulo doloroso de la historia del país y resaltó la capacidad de los sobrevivientes para reconstruir su vida pese a la magnitud del desastre. También aprovechó para exigir al Gobierno mayor inversión en infraestructura vial y en servicios esenciales como hospitales y puestos de salud, así como fuentes de empleo para impulsar la región.
Las intervenciones también hicieron eco de las alertas que, según sobrevivientes y expertos de la época, fueron ignoradas por las autoridades nacionales antes de la erupción del Nevado del Ruiz. La gobernadora Matiz afirmó que la población aún espera que el Estado reconozca sus fallas y pida perdón por no haber tomado medidas que pudieron salvar miles de vidas.
La ministra Kadamani ofreció un mensaje de perdón a las familias afectadas, mientras que el director de la Ungrd destacó que Armero es un recordatorio de la fuerza impredecible de la naturaleza y de la obligación del Estado de actuar con eficiencia para prevenir tragedias similares. Señaló que, desde entonces, los gobiernos han trabajado para que hechos como estos no se repitan y para que la negligencia no vuelva a costar miles de vidas.
El homenaje incluyó la proyección del documental Armero: 40 años con ciencia volcánica, que mezcla testimonios de científicos y sobrevivientes, una misa presidida por el nuncio apostólico Paolo Rudelli, una lluvia de flores sobre el antiguo casco urbano, reconocimientos a rescatistas, velatones y espacios de conversación con quienes vivieron la tragedia.








