Un fenómeno muy sui generis se ha apoderado de La Guajira y preocupa lo suficiente como para realizar un análisis serio y objetivo del tema. La llamaré, sin eufemismos, la ‘Sociedad del Fundingue’: esa actitud pueril que ha marcado como habitual la celebración de cada fecha en el calendario, cada logro obtenido por la institucionalidad sin importar cuán mínimo sea.
Camino por las diferentes entidades del Departamento y en cada una de ellas se repite el mismo patrón, el del festejo. No solo existe el ‘día de la integración’, también está el ‘día del servidor público’, la ‘semana de la excelencia administrativa’, el ‘mes del bienestar laboral’ y el ‘encuentro departamental de confraternidad’, en cada uno de los cuales se reserva presupuesto para tarima, sonido, decoración, y catering que va desde pasabocas hasta cena completa con alternativa vegetariana. En las alcaldías municipales, cualquier salida de recursos significaba orquesta y alargar la jornada. Vi celebrar la llegada de computadores de segunda y la firma de un convenio sin gracia amenizado con orquestas o papayeras.
Los colegios ya no solo celebran el día del estudiante, del profesor o de la bandera; ahora existen el ‘día del uniforme’, el ‘viernes cultural’, el infaltable ‘compartir de fin de mes’, la ‘semana de la amistad’, el ‘día del deporte’ y la recién inventada ‘jornada de la convivencia escolar’. Cada una de ellas implica suspensión de clases, desfile de estudiantes con disfraces que los padres deben costear y la inevitable rifa para recoger fondos para dicha celebración. El calendario académico efectivo se ha reducido a su mínima expresión, pero el festivo está más nutrido que nunca. Los maestros se quejan en privado de la imposibilidad de cumplir con los planes de estudio, pero en público sonríen para la foto institucional con el tema ‘educación con alegría’. Los centros de educación superior no escapan a esta realidad. Cada facultad tiene su ‘semana cultural’, su ‘jornada de integración’, su ‘noche de gala’ y su ‘festival del conocimiento’. Los laboratorios pueden estar desactualizados y las bibliotecas carecer de bibliografía reciente, pero los docentes y el personal administrativo disponen de la mejor capacidad logística para organizar eventos que harían palidecer a cualquier empresa de producción de espectáculos.
Las empresas públicas han adoptado el mismo libreto: team building con picó, integración corporativa con lechona o friche, y reuniones de balance y rendiciones de cuentas que terminan invariablemente en karaoke. Las empresas de servicios públicos, esas mismas que no logran garantizar agua potable las veinticuatro horas del día en los municipios y energía eléctrica constante, celebran sus aniversarios con eventos que incluyen show artístico, cena de gala y hasta fuegos artificiales.
Las empresas privadas, por su parte, no quieren faltar a la fiesta. Así pues, se ha consolidado el ‘día de la familia empresarial’ con parque de atracciones alquilado, el ‘aniversario corporativo’ con artistas invitados, y las ‘jornadas de capacitación’ que no son sino camufladas jornadas neorromanas, del tipo retiro en hotel de playa donde la única capacitación es aprender la receta de un nuevo coctel en la piscina.
Merece mención especial el sector salud: donde un hospital que no tiene analgésicos instituye ‘jornada de celebración de día de la enfermera’ con buffering y música en vivo. El Centro de salud que no tiene equipos diagnósticos gesta los recursos para ‘celebrar el día mundial de la salud’ con carpas, pasacalles, snacks y actividades lúdicas que, al final, más allá de una foto para redes sociales, no mellan en grado alguno los indicadores sanitarios del Departamento.
No es cuestión de menoscabar la importancia de la cultura festiva ni mucho menos de desconocer que la alegría y la celebración son parte esencial de nuestra idiosincrasia Caribe. Somos herederos de una tradición musical, dancística que nos reclama orgullo. Sin embargo, no es el mejor momento para cercenar al vallenato, la champeta, nuestras fiestas patronales o nuestro Carnaval del patrimonio cultural, sino para separar el Fundingue de la política pública.
Esta cultura del Fundingue ha dado lugar, además, a una economía paralela perversa. Hay un grupo de proveedores de servicios especializados en eventos institucionales que están completamente sustentados por las celebraciones de los establecimientos públicos: planners, empresas de sonido, grupos musicales, servicios de catering, alquiler de carpas y sillas, echadores de chites y servidores de tragos, entre otros. Sus contratos son renovados por años sin los procesos licitatorios apropiados. Lo mismo sucede con sus facturas, engordadas trimestre a trimestre con las celebraciones. En la región se ha creado una dependencia económica de la fiesta pública que hace aún más difícil romper el ciclo, pues cualquier intento de reducir estos gastos se encuentra con la oposición de quienes lucran de esta dinámica.
Y no deja de ser una pregunta incómoda para nuestra sociedad. Porque, como todo adicto, nos cuesta reconocerlo. Al final del día, la pregunta que no se quiere hacer es cuánto nos está costando esta adicción institucional a la fiesta. ¿Cuántos proyectos de impacto social jamás se ejecutaron porque la totalidad del presupuesto se le fue a las ‘actividades de integración’? ¿Cuántas horas-hombre se han consumido semanalmente en preparativos, actividades, celebraciones y recuperaciones post-fundingue? ¿Cuántos kilómetros de vías tendríamos pavimentadas con la plata que le gastamos a las inauguraciones? ¿Cuántos niños se habrían alimentado con el presupuesto de catering institucional? ¿Cuántas compuertas de agua se habrían instalado y cuántos equipos médicos se habrían adquirido en vez de contratar a la orquesta y al grupo vallenato del momento para recorrer el desfile inaugural?
Vamos a hacer un ejercicio de aritmética social simple: si de las más de cuatrocientas instituciones públicas del Departamento-entre Gobernación, alcaldías, hospitales, colegios públicos principales, universidades y algunas empresas estatales-, si cada cual se gasta unos treinta millones anuales en ‘farra’- y estoy siendo conservador – estamos hablando de 12.000 millones de pesos anuales. Además, sin un uso claro o evidente. Con esa millonaria suma, se podrían construir muchos pozos profundos en la Alta Guajira, dotar bibliotecas, equipar laboratorios, comprar ambulancias, pavimentar vías rurales e invertir en un programa de nutrición infantil serio.








