En el último año, el viejo Dorismel Gómez había hecho exactamente lo mismo todos los últimos viernes de cada mes: cuando llegaba ese día, Maye, una fiel y delgada morena, que era su mujer y compañera de lucha, sabía qué hacer en esa fecha; desde bien temprano, antes del desayuno, le preparaba todo para el viaje, y en la cama le tenía listo su almidonado y bien planchado pantalón color caqui, camisa manga larga, color oliva, su infaltable sombrero blanco de gala y unas botas ásperas, pero costosas, y que solo usaba para ocasiones especiales, como una fiesta o salir del pueblo.
A las 9 de la mañana, Dorismel prendía su flamante Renault 4 blanco, que había comprado ya hacía unos 15 meses y tomaba el camino que lo conducía a la ciudad. Siempre iba solo y sin afán, en el baúl del carro llevaba dos potes grandes con el dinero de la venta de la leche producida en la finca durante todo el mes; cada mañana, Maye vendía esa leche en la puerta de la casa, donde desde temprano todos los días se formaba una algarabía alrededor de la vendedora, porque gente de todas las edades la rodeaban en busca de comprar un poco de leche y a pesar que siempre alcanzaba para la misma clientela, todos parecían temerosos de que se acabara antes de tiempo y gritaban a Maye, pidiendo ser atendidos de primeros.
Cuando ya casi iban a ser las 11 de ese viernes, Dorismel llegó al banco, que era el único que había en toda la región, por lo que siempre había movimiento de personas entrando y saliendo, pero él era un cliente reconocido y cuando la encargada lo vio entrar, le hizo pasar de inmediato; sin hacer la fila y en una atención personalizada depositó rápidamente todo cuanto llevaba en ambos potes, uno con monedas y el otro con billetes de varias denominaciones; no tardó mucho, porque al fin y al cabo era casi lo mismo de siempre, recibió un comprobante que metió al bolsillo de su pantalón agarró los potes vacíos y salió en busca de su carro; cuando llegó al vehículo, encontró a su comadre Isabel Lora, una alta y hermosa mulata, de unos 40 años, larga cabellera suelta, expresivos ojos grandes y un cuerpo muy bien formado y a la que hacía unos 5 años le había bautizado al menor de sus dos hijos, era la mujer de su compadre Leonardo Pertuz, con quien lo unía una amistad de siempre.
La vio recostada en la parte trasera del Renault, elegantemente vestida con un pantalón azul, que cómplicemente se ajustaba a sus largas y bien formadas piernas, una blusa de flores rojas grandes y con un vistoso bolso en sus manos.
-Compadre, vi el carro y decidí esperarlo, para lograrle el chance, si no tiene inconvenientes- le dijo en voz alta y antes de que él terminara de llegar a ella.
-Mi comadre querida, cuanto gusto- le saludó él, dejando caer ambos potes, y en medio de la sorpresa y de su gran nerviosismo, la abrazó, mientras la besaba en la mejilla derecha.
Dorismel Gómez, siempre la había tratado con mucho respeto, era su comadre y la mujer de su compadre y gran amigo, pero ‘Chabe’ Lora era muy atractiva y sin propónerselo, tenía la virtud (o la belleza) para incomodar al más fiel de los mortales. Ella respondió al saludo devolviéndole el beso, mientras lo abrazaba con firmeza, al tiempo que, sin darse cuenta, le impregnaba el bigote con su atrapador perfume.
Él corrió a abrirle la puerta del lado del acompañante, cuando ella se hubo acomodado, cerró y rápidamente dio la vuelta acomodándose en el lugar del chófer y arrancaron.
En la casa, Maye llevaba rato asomándose cada 5 minutos; estaba preocupada, porque ya eran las 3 y no veía llegar el carro de su hombre, algo raro, porque Dorismel llegaba siempre a la misma hora. Cuando ya iban siendo las 4 de esa tarde y ella estaba presa de la angustia, se asomó por enésima vez y vio a lo lejos el inconfundible Renault 4 blanco, inmediatamente, soltó un largo suspiro, como si lo hubiese estado reteniendo durante mucho tiempo – Gracias a dios, ya estaba asustada- dijo en voz baja, al tiempo que se santiguaba.
Llegó silencioso, él no era de mucho hablar y Maye casi nunca le preguntaba nada, aquella era una rara relación de pareja, en la que ambos parecían estar de acuerdo en que entre menos conversaran entre sí, menor era la probabilidad de discutir por algo; almorzó y se acostó a dormir hasta el día siguiente.
A partir de ese viernes, Maye se acostumbró a que su marido ya no tenía hora fija de llegada, a veces llegaba pasadas las 4 pm, y casi siempre con un ligero olor a whisky, a pesar que él no era muy bebedor y solamente lo hacía algún sábado por la tarde, cuando visitaba a su compadre Leonardo Pertuz y tomaban en la casa de este hasta emborracharse; era una costumbre de varios años, costumbre que, coincidencialmente, dejó desde esa mañana en que se había encontrado con su comadre ‘Chabe’ en la puerta del banco. No volvió nunca más a casa de su compadre, ni siquiera a visitarlo cuando supo que este estaba gravemente enfermo, a punto de morir, y ya llevaba mucho tiempo esquivando encontrárselo, porque no estaba dispuesto a fallar al juramento que se había hecho meses atrás, de nunca más volver a mirarlo a la cara.








