“Diga en Riohacha que si no nos compensan, vamos a tener que cazar al jaguar. Está aquí cerquita, se escuchan sus ronquidos”.
Así lo expresó Jairo Rodríguez Gil, mientras observa impotente, los restos de los carneros que las fieras despedazaron cerca de su casa, ubicada en las faldas de la Sierra Nevada a orillas de la vía Cuestecita – Riohacha.
De acuerdo con el psicólogo y ganadero Jairo Rodríguez Gil, para su familia fue una catástrofe el mes de marzo en donde los felinos acabaron con más de 20 carneros y chivos que venían levantando en su finca. Advirtió que preferirían no matarlos, dejarlos tranquilos en su extenso territorio.

A los campesinos de estos parajes de bosque seco y tropical, en las estribaciones del cerro La Cuesta que forma parte de la Sierra Nevada de Santa Marta, también les parecen unos animales majestuosos. Pero si nadie les compensa por el ganado que se comen, si no les facilitan herramientas para ahuyentarlos, los cazarán en secreto, quedarán enterrados en un lugar remoto, y nadie sabrá que acabaron con ellos.
Aclararon que no son los ganaderos y labriegos de este sector territorial los culpables de que las trituradoras de material de arrastre acaben sin control el cerro con sus retroexcavadoras, invadiendo cada día mayores porciones de uno de los tres principales santuarios de los jaguares en Colombia.
“La sabana y playones en este sector de Cuestecita y la medianía son grandes y los jaguares tienen mucho dónde comer zorros, galápagos, babillas. Pero pronto comienza la inundación y no encuentra esa comida y él queda en la loma, donde nosotros tenemos el ganado y los chivos”, expresaron.
No son muchos los jaguares que merodean por el área que abarca todo ese amplio territorio, pero sí un solo campesino el que ha sufrido el acoso de los felinos y se refieren a un macho de gran tamaño, a decir por las huellas que ellos avistan y siguen para conocer sus pasos.
De cerca solo lo han visto unos pocos y de manera fugaz: apenas divisan entre matorrales sus motas negras sobre la piel amarilla, emprenden la huida a la misma velocidad que la fiera.
Los campesinos del Arahuaco, a una media hora en carro de Riohacha y a 5 minutos de Cuestecita, hablan de otro ejemplar, de una hembra y sus crías. Tampoco podrían ser más animales porque los machos son solitarios y territoriales, cada uno suele moverse en un radio de unos 50 kilómetros, el espacio que requieren para encontrar su alimento.
“Yo creo que el que nos ronda vino desplazado de las montañas cerca de Albania en la mina del Cerrejón”, sugiere Rodríguez un ganadero local. Refiere que esos animales le han hecho bastante daño, y manifiesta que de no encontrar apoyo para hacerle frente a esta situación, tendrá que alistarse para hacerles cacería.
No se lanzaron en su búsqueda porque los convenció Mery Bru de no hacerlo, un reconocida docente y nativa de una tierra que adora, la mujer se propuso defender la vida de los jaguares y convencer a los damnificados del Arahuaco de no matar a los animales, algo que además está prohibido por la Ley desde el año 1973. Sugirió buscar alternativas, con Corpoguajira y Cerrejón para buscarle una solución a esta problemática que hoy los afecta.









