Recientemente contemplaba un espectáculo maravilloso en el aeropuerto Leonardo Davinci de la Ciudad Eterna, Roma, mientras me disponía a disfrutar de un pequeño descanso vacacional. Lo que percibía me dejó en éxtasis y en un asombro comparable sólo con una experiencia mística y profundamente espiritual.
A simple vista se trataba de una escena común y repetitiva en dichos escenarios: ver el abrazo del reencuentro y acogida entre familiares y amigos. Pero en el fondo, subyace algo más profundo, porque en cada mirada, abrazo, sonrisa, palabras, gestos dadas y recibidos, hay vidas que se reencuentran para ser mejores y estar más plenas.
Dichas imágenes son epifanías inefables de alegrías que sanan tristezas, ilusiones que recuperan esperanzas perdidas, pasiones encendidas nuevamente después de la frialdad de un adiós, serenidad que vence la turbulencia del ayer, seguridad triunfante sobre la incertidumbre de la despedida, comunión gozosa que repara las heridas de la distancia, causadas por la separación temporal, obligada o voluntaria.
“Ver con los ojos bellos del alma” –como diría el maestro Leandro Díaz–, los abrazos del reencuentro, permite contemplar el poder sanador de los mismos. Es indescriptible la emoción que suscitan éstos en los rostros de quienes se funden como gotas de agua en el mar, pero sin perder su identidad, es decir, se hacen uno sin dejar de ser cada uno, es algo mágico, fascinante, maravilloso, poético, esperanzador, asombroso, digno de una fotografía capaz de detener espacio y tiempo.
El brillo en los ojos de los hijos como luminarias decembrinas cuando reciben y abrazan a sus padres después de largo tiempo sin verlos, la sonrisa de los padres al encontrarlos de nuevo, el júbilo de los hermanos cuando vuelven a estar juntos, la emoción inevitable de los amigos cuando se estrechan las manos y se unen en un sincero abrazo, las lágrimas mezcladas con sonrisas de las parejas que se besan y abrazan como si no existieran más nada a su alrededor, como si suspendidos por los aires, el universo mismo se detuviera para giran a su alrededor. Convencido estoy que todos estos acontecimientos son producidos por el mismo fenómeno, por la fuerza más poderosa del cosmos visible e invisible que mueve y da sentido a lo todo lo que fuimos, somos y seremos: el Amor.
Son notables los avances de la neuropsicología en tiempos modernos, ella nos señala diversos beneficios de los abrazos sinceros en nuestras relaciones cotidianas como: disminución del estrés, sensación de seguridad y protección, ayuda a nuestra autoestima, transmisión de energía y fortaleza, mejora de las relaciones interpersonales, promueve la sensación de tranquilidad, paz y felicidad.
También según la Biblia, el abrazo es la coronación del viaje y búsqueda que hace el amado hacia la conquista de su amada, sea de día, noche o madrugada: “Busqué el amor del alma mía, lo busqué sin encontrarlo. Encontré el amor de mi vida, lo he abrazado y no lo dejaré jamás… porque yo soy para mí amado y mi amado es todo para mí” (Cf. Ct 4, 8ss). Dios es ese esposo y Padre Celestial que nos espera para celebrar con nosotros un festín o banquete en el que podamos contemplar su rostro y gozar de su alegría sin fin. Acontecerá un abrazo final, en el que la historia entre el Creador y su criatura, entre Dios Padre y sus hijos, hará que experimentemos a plenitud el poder sanador de un abrazo lleno de amor.
Mientras llega ese momento, es preciso recordar que “la vida no es un viaje hacia la nada, sino hacia un encuentro con Dios: que será un abrazo para quien ha elegido el amor y será un rechazo voluntario de sí mismo a Dios para quien ha elegido el egoísmo” (Mons. AngeloSpina). Porque lo más contrario al amor, no es el odio, sino la búsqueda narcisista de sí mismo, es decir, el egoísmo que se niega a dar y recibir un abrazo lleno de amor.








