Existen palabras mágicas. Esas que al pronunciarlas causan tanto agrado que al pasar el tiempo provoca evocarlas, dejarlas para siempre registradas en la memoria. Son voces que atrapan. Seducen. Conquistan. Enamoran. Sus sonidos tienen la capacidad de provocar grandes emociones, estimulan la imaginación, activan la esperanza y disipan eficazmente toda forma de temor.
Esas palabras son conectores del corazón con el cerebro, animando a la razón capaz de crear el poder incontenible de la fuerza colectiva. Una de ellas es Región. Todos pertenecemos a una en Colombia. Automáticamente se asocia con identidad, traduce pertenencia, enmarca origen. Las regiones describen lo que somos, lo que tenemos, lo que sabemos. Su virtud está determinada por el carácter de su gentilicio, la fortaleza de sus valores y el potencial de sus tradiciones.
Las regiones son el escenario perfecto de la diversidad, contienen el prisma de la pluralidad y nos enseñan cada día que las diferencias en lugar de ser limitaciones pueden ser el combustible de la integración. Una nación solo puede erigirse si reconoce la variedad regional que compone su territorio y a partir de ellas cohesiona su potencial individual a través de la unidad.
Otra palabra poderosa es unidad. Colombia es un país de regiones. Y como tal, el camino de la inclusión, el progreso, la idea de desarrollo y la superación de sus problemas, parte desde el rescate de la unidad nacional a partir de las ideas, el compromiso y la acción social de las comunidades regionales.
El pasado 19 de junio la ciudadanía le dio un mandato claro, contundente y determinante a Gustavo Petro al elegirlo con una votación sin precedentes en la historia electoral colombiana. Es el primer presidente de la región Caribe en 125 años. Las palabras cambio, poder, región y unidad, contienen la potencia de un nuevo discurso que espera trascender de la idea a la realidad. De la intención a la realización.
Por primera vez gana una elección un líder de izquierda, con un resultado sorprendente. Histórico. Vivimos días especiales, diferentes. Soñados por muchos. Sobre todo, por nuestras dos generaciones anteriores, quienes resolvieron sus diferencias con guerras.
Triunfó el voto de opinión sobre las maquinarias. Esperemos que el presidente electo convoque efectivamente a la unidad nacional, trabaje por consolidar la sociedad, reconozca al otro y se pase en nuestro país de la mal acostumbrada política del insulto, de la violencia y del irrespeto, a la acción propositiva. Sobre todo, a concederle al opositor el reconocimiento de su valor, de sus virtudes y sus buenas acciones.
Es la hora de invocar la conciencia social nacional que genere el encuentro de voluntades para trabajar por Colombia. Rodearse de los mejores, pero sobre todo de buenas personas sin discriminación para gobernar. Eso, aunque parezca un ideal o una utopía, debe ser el reto y la agenda que le proponga la sociedad civil al nuevo mandatario de los colombianos. (Publicado por El País, periódico de España).








