Se cumplen 236 años del natalicio del Almirante José Prudencio Padilla, el ‘Coloso del mar’

El almirante José Prudencio Padilla nació un 19 de marzo de 1784 en la Villa de Pedraza, entre el Distrito de Riohacha y Manaure.

Sociales

“Triste destino el de la gloria humana/ tan costosa, efímera y tan vana/

ayer, renombre, movimiento, ruido/

hoy torrente de lágrimas/

mañana, hondo silencio, soledad, olvido”,

Gaspar Núñez de Arce

Hoy 19 de marzo se conmemora un aniversario más del natalicio del prócer de la independencia de Colombia y senador de la Gran Colombia en 1822, el Almirante José Prudencio Padilla. Nació en la Villa de Pedraza, entre Riohacha y Manaure. No pueden ser más elocuentes estas lúgubres palabras del poeta Gaspar Núñez, cuando se trata de evocar la figura procera del almirante José Prudencio Padilla, hijo epónimo de La Guajira, con motivo del aniversario de su nacimiento. Nos recuerda el reputado historiador Carlos White Arango, a propósito de Padilla, la sentencia de los sabios en los areópagos de Atenas: “Comparezcan las partes dentro de cien años”. En el caso que nos ocupa ya comparecieron y Padilla fue rehabilitado tras un fallo inapelable de la propia historia, que destaca su lealtad a toda prueba y su encendido patriotismo, que no pudieron eclipsar sus detractores ocasionales, resplandeciendo fulgurante su figura señera e incontrastable.

Inició su carrera como mozo de cámara de la Marina Real; en ella hizo sus primeras armas. Bien pronto, sus dotes de marino avezado y corajudo lo catapultarían a encumbradas posiciones, las que le servirían de crisol en la forja del patriota integérrimo y de dura cerviz que lo caracterizaron, que pusiera en jaque a la otrora Armada invencible del imperio español. Se constituyó Padilla, en abanderado de la causa de la independencia en los dilatados horizontes de nuestros mares, desplegando las velas de la libertad y anclando en el Lago de Maracaibo el mástil de nuestra emancipación definitiva. Siempre estuvo él en el ojo de la tormenta en los procelosos tiempos de la gesta independentista; con su arrojo y valor indescriptibles escribió las mejores páginas de nuestra historia: ora en la batalla memorable de Sabanilla, en la de la Laguna Salada, en la Noche de San Juan, ora la del Lago de Maracaibo, donde las quillas anhelantes de las naves de Padilla siguieron su ruta de triunfos altaneros, alcanzando allí el cenit de su gloria y de su fama.

Llegado el momento decisivo de la confrontación entre las fuerzas realistas y las patriotas en el Lago de Maracaibo, definió la contienda en favor de estas y, a mandoblazos, desbrozó el camino que hizo crepitar el vasallaje español y vapulearía los restos de este. La batalla del Lago de Maracaibo fue en los mares, lo que la Batalla de Boyacá en tierra firme. Sin el triunfo de aquella, no se habría podido consolidar ni recoger los frutos de esta última.

Alcanzada la independencia, nimbado por la gloria, Padilla se constituyó en uno de los artífices de nuestra primera República. Pero la zalamería, los recelos, la inquina y las torvas estratagemas de sus solapados adversarios, lo malquistaron con el Libertador Simón Bolívar. Fue este el execrable camino escogido por los pérfidos ujieres palaciegos, para llevar hasta el cadalso al Heraldo de nuestra independencia recién alcanzada. Mariano Montilla, de la mano de Urdaneta, sería el encargado de fraguar el artero golpe, propalando la especie de que Padilla se contaba entre los conjurados de la aciaga noche septembrina.

Eran aquellos azarosos tiempos para la República, en los que cernía sobre ella la amenaza de la entronización de una abominable tiranía. No era Padilla hombre de contubernios; nunca puso su espada al servicio de causas innobles.

Hay quienes sobreviven acomodándose, como decía Ingenieros “pasando del timón al remo”. No era padilla de esa laya; su reciedumbre de carácter le impedía ser lisonjero y complaciente de los detentadores del poder. Ello hizo más fácil la vitanda acción de sus adversarios, en su coartada de tratar de involucrarlo en el nefando complot contra el Libertador. Bolívar, atormentado y obsecado por el pertinaz empeño del corro de sus aduladores, compelería al héroe riohachero, en medio de sus cavilaciones, a hacer suya la reflexión de Rubén Darío: “Águila que eres la historia, ¿dónde vas a hacer tu nido? ¿En los picos de la gloria? ¡Sí, en los montes del olvido”! Cruel final se le deparó al Almirante Padilla: degradado primero, fusilado luego y escarnecido en la horca después.

Pero, con su gesto altivo y temerario, triunfó sobre su vil sacrificio, como el Cid campeador. Él, igual que Córdoba, acobardó a sus verdugos con su temple y valor indomable y ocupa un sitial especial por su bizarría, como ejemplo vívido para la posteridad. Sus despojos mortales reposan en una cripta en la Catedral Nuestra Señora de los Remedios de Riohacha, la cual fue declarada Patrimonio Cultural de la Nación Colombiana en su honor.