Colombia vs Paraguay, el día que perdimos 1-1

Una historia que se remonta a octubre de 2004, por la fecha 9 de las eliminatorias para el Mundial de Alemania 2006.

Pasión Deportiva
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El día que la conocí había quedado con Jóse de ver la final de la Copa Libertadores entre Boca Junior y Once Caldas. Siempre que tenía una nueva conquista, me buscaba para presumir mi carro y en cambio yo podía tomar, el desbalance se daba cuando me tocaba pagar sus cuentas y la de su amiga que normalmente llevaba otras.

Esta vez estaba con ella: blanca, delgada, cabello negro, ojos chinos, sin maquillaje, gafas, camisa con tres franjas gruesas: amarillo, azul y rojo, jeans y tenis; ese balance perfecto entre elegancia y sencillez.

¿Qué querés tomar? (con tilde en la é para certificar mi procedencia paisa) ¿cerveza, whisky? ¡sí, ambas y en ese mismo orden, point! ¿Estudiás o trabajás? ¡Sí, trabajo en la compañía de gas y me gusta correr, point! Ingeniera, ¿Recuerdas la TRM de ayer? ¡2.743, point! ¿Escuchaste radio esta tarde? ¡Sí Arizmendi dijo… Extra point! Creo que un comentario adicional sobre Cortázar y tal vez de cine, habían completado mi test, cachaca hincha del Santafé, bueno al menos no era de Millos. Tanta afinidad con una persona, con ella, era lo que toda mi vida había querido. Si es desordenada, si se levanta de mal genio, si duerme con la luz encendida, todo era soportable, no necesitaba más pruebas.

Me acerqué lentamente haciendo preguntas de las que sabía la respuesta, usaba correo electrónico, no había llegado WhatsApp ni siquiera el Blackberry. Llamar nunca, Barranquilla me enseñó muy pronto que lo último que una mujer debe notar es hambre. Tras un par de disparos fallidos; para los cuales necesitaba el match entre pago de quincena, fin de semana y mi estadía en la ciudad, llegó la invitación irrechazable para un amante del fútbol: octubre de 2004, partido Colombia Paraguay, fecha 9 de las eliminatorias para el Mundial de Alemania del 2006.

En ese tiempo, la Selección no pasaba por un buen momento: había perdido con Brasil, Bolivia, Venezuela y empatado con Argentina.

 

La Selección había perdido con Brasil, Bolivia hasta con Venezuela y empatado con los argentinos, cambiaron a Maturana por Reinaldo Rueda, ambos campeones del continente con el equipo de mis amores. Esa vez tampoco clasificamos al Mundial, nos pasó la misma de 2002 que “milagrosamente” Argentina de local no le gana a Uruguay en la última fecha. Repasé poesía y la biografía de Julio Flórez, tribuna occidental numerada, estudié la nómina y la estrategia de ese partido, de los anteriores y hasta de la siguiente fecha, compré camiseta original de la Selección, todo listo para la conquista. Media hora antes me avisa que no vamos solos, igual tampoco sonaba mal ir al estadio en la mitad de dos hermosuras, conseguí la otra boleta con una vecina (lógicamente cobré mi recargo). Llegó tipo mediodía, no estaba tan radiante como la primera vez, pero me parecía increíble verla después de 4 meses.

Al rato llega la amiga, cuarto bate tirando a nevera, muy digna de mi reventa, campero vino tinto, camisa café manga larga, cinturón grueso y jean, parecía que del estadio se iba al mercado. Yo iba de copiloto, buena salsa, la charla como las ilusiones fluían, llegamos y parqueamos fácil, esta Selección no llenaba estadios y pudimos escoger un buen puesto.

Todo iba bien hasta que ese enorme cuerpo se sentó en la mitad, tal vez si entre nosotros estuviese el Magdalena habría sido más fácil.

Tampoco me importó mucho. Las cervezas llegaron y actuaron rápido, el calor, la fiesta del Metropolitano, el gol tempranero del ‘Totono’ Grisales… no sé cómo cabía tanto alcohol en ese cuerpecito, ni iba al baño. Mientras que por el otro lado parecía literalmente que estuviéramos llenando la nevera para mantenerlas frías, los poemas, la biografía, no tardaron en olvidarse, solté la barriga. Del partido no recuerdo mucho más excepto el gol de Paraguay faltando 10 minutos.

En esas anheladas nueve horas no había pasado nada excepto que mis bolsillos pesaban menos, quería llorar, mientras que las cervezas me durmieron, mis amigas parecían blindadas contra los efectos del alcohol y el fútbol. Llamé a mi hijo, a punta de gritos había borrado sus lágrimas en las finales perdidas de diciembre del 2002, junio de 2003 y aún faltaba la de ese diciembre. Esa noche le prometí que nunca más lo iba a regañar, que ese día yo también estaba en su condición y sentía la tristeza y la impotencia, el sinsabor que queda cuando todo ha pasado y siguen los lamentos: si el técnico hubiera defendido la ventaja, si entra Milton Rodríguez más temprano, si Juan Pablo Ángel mete esa, si ella hubiera ido sola, todo lo que sigue dando vueltas en la cabeza del que se lleva dolor a casa. De regreso me tocó en la silla de atrás, caí rendido a la primera canción, “Catalina la O” la versión del Conde Rodríguez.

Desperté en la 84, en un bar de música romántica. Nos sentamos en la barra, intenté recordar los poemas, ya nada servía para ganar un poco de atención. Sonaba “el gato que está triste y azul…” de Roberto Carlos, miré el espejo del fondo y allí estaba ese par de rostros mirándose, sonrientes y lo entendí todo: el que sobraba en ese momento, en el estadio y durante todo el día era yo, no sé cómo no lo noté antes: entrenado para ser el mejor negociante, para resolver ecuaciones, con la capacidad de escapar y no presentarse en las balaceras en las que murieron uno tras otro mis amigos, como nunca había aprendido a distinguir cuando a una mujer le gustaba otra mujer, ¿pero Jóse? esa vaina de bisexuales no existía en mi cabeza, y confieso que todavía me cuesta entender.

De mi lado se fueron los sueños de un mundo con paseos y cruceros para enamorados, acompañado de una mujer bonita, inteligente y elegante, con atardeceres de vinos y quesos y discusiones de fútbol, música, literatura y cine. Una vida con selecciones clasificadas al Mundial, de amigos vivos o al menos en libertad y de equipos campeones.

Tal vez su sitio tampoco era ese, probablemente andaba en otra búsqueda decidiéndose entre ser aplastada, literalmente, por su amigo por la mezquindad de mi amigo.

Ya en el hotel llamé la camarera y adelanté “el room service”, me sumergí entonces en esas piernas blancas e infinitas. Como dice aquel odontólogo que le gustan las carreras de caballos: “perder es ganar un poco”.

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