Hay días en los que el calendario parece detener sus manecillas, el sol pierde su brillo y hasta las calles de un pueblo se visten de silencio para…
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Hay días en los que el calendario parece detener sus manecillas, el sol pierde su brillo y hasta las calles de un pueblo se visten de silencio para acompañar el dolor de sus habitantes. El pasado domingo 25 de octubre de 2026 fue uno de esos días que Villanueva, La Guajira, difícilmente podrá olvidar. Fue una jornada en la que las lágrimas se confundieron con los recuerdos, los abrazos intentaron aliviar la tristeza y cientos de corazones se reunieron para darle el último adiós a una mujer excepcional: María Consuelo Fernández Valverde, una villanuevera ejemplar que partió de este mundo a los 61 años, dejando tras de sí una estela de amor, alegría y profundas nostalgias.
Hay despedidas que parecen injustas porque llegan cuando todavía quedan tantas conversaciones pendientes, tantos abrazos por entregar y tantos motivos para seguir compartiendo la vida. La partida de María Consuelo fue como ver apagarse una lámpara que durante años iluminó los caminos de quienes tuvieron la fortuna de conocerla. Su ausencia dejó un vacío difícil de explicar, porque no se marchó solamente una mujer: se fue una presencia querida, una sonrisa familiar, una amiga entrañable y una de esas almas que consiguen convertir los días ordinarios en momentos extraordinarios.
María Consuelo fue una joven empresaria de la moda, una mujer emprendedora que supo abrirse camino con entusiasmo, sensibilidad y determinación. Pero su verdadera riqueza no se encontraba únicamente en sus iniciativas comerciales ni en su capacidad para desenvolverse en el mundo empresarial. Su mayor patrimonio estaba en su manera de vivir, en esa alegría que irradiaba por las calles de Villanueva y en su don de acercarse a la gente con espontaneidad y cariño. Tenía esa luz especial de las personas que no necesitan hacer ruido para ocupar un lugar importante en el corazón de los demás.
A las once de la mañana, bajo las altas temperaturas de un octubre guajiro, el calor del sol parecía pequeño frente al fuego inmenso de la tristeza colectiva. Ni el rigor del mediodía, ni las incomodidades de la jornada fueron suficientes para impedir que sus paisanos acudieran a despedirla. Villanueva entera parecía caminar detrás de un mismo sentimiento: el de agradecerle a María Consuelo todo lo que significó en sus vidas. Cuando el afecto es verdadero, ni el clima ni la distancia constituyen obstáculos; por el contrario, se convierten en pruebas silenciosas de una gratitud que no conoce horarios.
La iglesia Santo Tomás de Villanueva abrió sus puertas para recibir a una multitud que desbordó sus espacios y llevó el duelo hasta la plaza Simón Bolívar. Aquel templo, testigo de tantas celebraciones, encuentros familiares y plegarias, se convirtió en escenario de una despedida conmovedora. Las bancas llenas, los rostros abatidos, las miradas perdidas y las lágrimas que brotaban sin pedir permiso conformaban una pintura humana donde cada persona parecía llevar consigo un pedacito de la historia de María Consuelo. La plaza también se hizo eco de ese sentimiento colectivo, como si el pueblo entero hubiera querido abrazarla por última vez.
Allí estuvo la congregación de las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús, comunidad a la que perteneció y con la que compartió una etapa significativa de su vida. Su presencia evocaba los lazos espirituales, la formación en valores y las huellas que deja una comunidad en el corazón de quienes la integran. También se hizo presente Asomujeres, organización de la cual fue socia y donde, en vida, recibió honores por su participación y compromiso. Esas manifestaciones de reconocimiento adquirieron el domingo una dimensión distinta: ya no eran solamente expresiones de gratitud, sino testimonios de una existencia que había sembrado afectos y cosechado respeto.
Pero el dolor más profundo tenía nombres propios y habitaba en el corazón de su familia. Sus hijos, Luis Carlos y María Clara Olivella Fernández y su esposo Adrián Ustariz, enfrentaban esa hora amarga en la que el mundo parece perder su equilibrio y las palabras resultan demasiado pequeñas para expresar lo que se siente. Ninguna frase puede reemplazar la voz de una madre, ninguna mano puede ocupar exactamente el lugar de la suya y ningún consuelo logra borrar de inmediato la inmensidad de una ausencia. A su esposo Rolando, conocido cariñosamente como ‘Uchi’ Olivella, le correspondió también vivir una despedida para la cual el corazón nunca está suficientemente preparado. Y sus nietos, que guardarán para siempre los recuerdos de su abuela, tendrán en su amor una herencia que el tiempo no podrá arrebatarles.
Sus hermanos, Joselina, ‘Abelito’, Jesualdo, ‘Manolo’, Blanca, Oscary, Mercy, Gustavo, Rusbel, Fabian ‘Chiche’, José Juan y Normando, así como su cuñado el empresario Alexander Sánchez Cardona y los numerosos sobrinos compartieron el peso de una pérdida que se siente como si se desgajara una parte de la propia historia. Los hermanos son guardianes de una memoria común: conocen los primeros pasos, las travesuras de infancia, las alegrías familiares y las anécdotas que sobreviven al paso de los años.
Adiós, María Consuelo, mí querida amiga. Villanueva te despidió con honores, con una iglesia colmada, con una plaza convertida en abrazo colectivo y con el sentimiento sincero de cientos de personas que no quisieron dejarte partir sin expresarte su gratitud.